—¡Oh! pues yo sí.

—¡Mucho!... ¡y has arrojado los libros por la ventana!

—No tanto, señor don Baldomero.

—¡Cosa que más se le parezca!...

—Dejar los estudios, no es tomarlos en aborrecimiento.

—Tampoco en estimación, amigo Pablo.

—Pero como dice usted que el saber estorba...

—Y lo repito; y aun te añado que el deseo de saber no es otra cosa, en mi concepto, que un afán que hay en las gentes de meterse en lo que no les importa.

Asombróse el joven; miró al nombrado don Baldomero, y atrevióse á responderle, no muy seguro de tener razón, pero sí de decir lo que sentía:

—No creo yo, ni creeré nunca, que el saber sea un estorbo: antes admiro y reverencio á los hombres que saben; pero me conozco ¿está usted? y porque me conozco, sé que no he nacido para sabio ni para mucho menos.