Tomábanla con notoria complacencia, sentados en el banco de la Cajigona, dos sujetos: mozo el uno, en la flor de la juventud, sombreado el rostro lozano por un bigotillo negro y brillante, con el pelo de su cabeza, á la sazón descubierta, también negro y recio y corto; la frente angosta y no mal delineada; la boca fresca y no grande; los dientes blanquísimos y apretados; los ojos un tanto asombradizos y curiosos, como de persona impresionable que se estima en poco. Correspondía á la cabeza el cuerpo gallardo, y había soltura y gracia en todos sus ademanes y movimientos. Vestía un traje holgado, no cortado seguramente por el sastre de la aldea; y como el calor le molestaba, había deshecho el leve nudo de la corbata y soltado el botón del cuello de la camisa, por cuya abertura se entreveía su rollizo y blanco pescuezo, sin barruntos de nuez ni asomo de costurones.
El otro personaje no se le parecía en nada. Estaba marchito y ajado, más que por la edad, por la incuria y el desaseo, que se echaban de ver en su barba mal afeitada, en su ropa sucia, en sus uñas negras, en su camisa deshilada y en sus dedos chamuscados por el cigarro. No era su rostro desagradable; pero se reflejaba en él un espíritu dormilón y perezoso.
Este tal, quedándose con la apagada colilla del cigarro entre los labios, llegó á decir al joven, que recorría con los ojos cielo, montes y campiña:
—¿Con que al fin, ahorcaste los libros?
—Sospecho que sí,—respondió el mozo, recostándose en el campestre respaldo sobre el lado izquierdo, y poniéndose á arrancar maquinalmente con la diestra, yerbas y flores.
—Has obrado como un verdadero sabio,—añadió el otro.
—¿Por qué?
—Porque nada hay que estorbe tanto como el saber.
—¡Caramba! me parece mucho decir eso.
—Pues es la verdad pura. No concibo el ansia de saber, por mera curiosidad.