En tanto platicaban los dos así, Catalina reunió el cotarro y consiguió en cuatro palabras ponerle en marcha hacia Cumbrales.

—Vámonos, Braulio—dijo con resped al pasar junto al mozo que hablaba con Chiscón:—deja esa peste que te mancha.

Obedeció Braulio; y tan á punto, que quedaron sin respuesta las últimas palabras que enderezó al de Rinconeda.

En un instante se vió éste solo en la castañera. Irritóle más aquel nuevo desaire que recibía, y gritó mirando á los que se marchaban:

—Vos prometí el domingo bailar en el corro de Cumbrales hasta cansarvos... ¡Pos hoy vos lo juro por la luz que me alumbra!

Las últimas palabras de esta amenaza se perdieron entre el son de las panderetas y el cantar y el gritar desaforados de la gente de la magosta, que se largaba hacia su pueblo, mientras el sol trasponía el horizonte entre celajes de púrpura.

Desde el siguiente día comenzó á circular por Cumbrales el rumor de que los de Rinconeda pensaban armar una que fuera sonada contra sus sempiternos enemigos. Los rumores crecieron durante la semana; el jueves se dijo que se trataba de una invasión de los mozos de abajo, para dar una batalla á los de arriba en el mismo Cumbrales; el viernes se contó que vendrían mozos y mozas en son de romería á bailar en el Campo de la Iglesia, y, por último, el sábado pudo asegurarse que al día siguiente habría de todo en el pueblo; es decir, baile en competencia y palos por remate. De todo ello tendría la culpa Chiscón, aconsejado por su amigo el Sevillano.

Bajo estas impresiones desagradables, y al arrullo del Sur, que bufaba sordamente en las rendijas de las puertas y ventanas, se durmió aquella noche el vecindario de Cumbrales.