—Pues arráncate la lengua con que me agraviastes.

—¡Arrancara yo—repuso el otro, lívido de rabia,—la que te fué con la impostura!

—Muchas son entonces las impostoras.

—¡Pues todas las arrancara yo, si las conociera!

—Con arrancar la tuya se acababa la peste.

—¿Hay quien se atreva á hacerlo entre los presentes?... ¡Pues venga á echarla mano!—dijo Chiscón, irguiendo su colosal escultura y sacando luégo fuera de la boca un palmo de lengua, ancha, gruesa y roja como la de un caballo.

Acercósele un mozo de Cumbrales, y le respondió:

—De lo que te pasa, á naide culpes en ley de josticia: que seas valiente, no se te ha negado; pero que, con sólo decirlo, llegues á campar aquí, no lo sueñes nunca. Por el corazón se mide á los hombres y no por la estampa, y corazón no falta al más ruín de los presentes. De fiesta estamos y en nuestra casa; en ella entrastes y se te brindó con lo que había; de lo demás, tuya es la culpa por no escarmentar cuando debistes. Si buscas guerra, mal haces, que, sobre no ser justa ahora, á tí te conviene menos que á nosotros.

—Y eso que me cuentas—preguntó Chiscón al templado mozo, con burlona sonrisa,—¿es amenaza ú caridá?

—Esto que te cuento—respondió el otro,—es riflisión de hombre de bien y de enemigo leal.