Como la castañera estaba soltando el fruto de puro sazonado, y era de la pertenencia de varios vecinos de Cumbrales que tenían hijos mozos, autorizóse á éstos para que ofrecieran un sabroso regodeo á toda la gente joven con las castañas que se sacudieran de los árboles, en vez de hacer la magosta con las compradas á escote, como ordinariamente acontece. De este modo tendría la fiesta un aliciente más en los lances de la sacudida, y una ventaja de consideración el ser la fruta regalada.
Aquel día, después del rosario, no quedaron en el corro de Cumbrales más que las viejas jugando á la brisca, y unos pocos hombres en la bolera; todo lo demás se fué en alegre romería, después de hacer los mozos el necesario acopio de vino, y de proveerse también de un par de recias y larguísimas varas, camino de la castañera.
Una vez allí la gente, varazo á esta rama, varazo á la otra, desde el suelo si la vara alcanzaba al fruto, ó desde la cruz del castaño si los erizos estaban muy altos; apañando esta moza las castañas sueltas; descachizando la otra los erizos con los tacones de los zapatos y con mucho tiento para no reventar lo que guardaba la espinosa envoltura; acopiando escajos secos unos mozos; avivando en lugar conveniente dos mozas de las más amañadas la mortecina lumbre; templando otras á su calor los flojos parches de las panderetas, y mordiendo todos y todas, por un lado, las acopiadas castañas para que no reventaran en el fuego, con peligro de los cercanos ojos; canturriando unas aquí, relinchando otros allá, locuaces los más y risueños todos, el campo de la castañera, abrigado del aire y del sol por las anchas, espesas y bajas copas de los árboles, parecía un hormiguero en el ir y venir de la gente, y una pajarera en lo ruidoso y pintoresco del conjunto.
Acabóse el vareo y el acopio; trocóse la lumbre tímida en voraz hoguera, y ésta, á su vez, en descomunal brasero; hízose en él con una estaca honda sima; llenóse de castañas; volvieron á unirse los bordes candentes; y mientras se dejó al cuidado de personas de juicio é inteligencia la delicada tarea de revolver las ascuas y de sacar las castañas que fueran asándose, pero sin quemarse, en lo que estriba toda la dificultad del caso, la gente de sobra hizo corro más abajo, sonaron las panderetas, y comenzó el baile, que es la salsa de todas las fiestas aquí... «y en Valladolid,» anden en ellas el percal de á peseta y el paño burdo, ó triunfen la seda turgente y el frac diplomático. La misma raza con diferente librea; la propia carne con distinto pelo.
Duró el baile hasta que las castañas se asaron. Entonces se sentaron en rueda mozos y mozas, y comenzó á circular la bota para remojar las castañas, que se repartieron á sombrerada por concurrente. Amenizábase el regodeo con dichos y risotadas, y se tiznaba la cara con pellejos quemados al que se distraía un instante; en el cual empeño, condición especial de las magostas, eran las mujeres las más tercas.
Así se andaba allí, tan pronto sorbiendo como mascando, como limpiándose la cara con el delantal ó la manga de la camisa, cuando apareció Chiscón en la magosta, por el lado de Rinconeda. No se supo nunca si fué casual ó de intento la llegada del calabaceado mocetón, y á nadie agradó verle allí tan de improviso; pero como saludó muy atento, se le brindó con lo que había. Tomó, por no desairar la oferta, una castaña, y se llevó á los labios la bota de vino; y debió infundirle ánimos la cortés acogida, porque, en vez de seguir su camino, se sentó con los de Cumbrales.
Terminado el refrigerio, se enterró la bruja[4] entre las ya tibias cenizas de la lumbre, y volvió á comenzar el baile. Cada moza fué sacada por un mozo, y el de Rinconeda se quedó entre los pocos desparejados que miraban; pero se tocó á lo alto, y entonces, al amparo de la costumbre, que es ley en muchos casos, y en tales como aquél, indiscutible, echó fuera al mozo que bailaba con Catalina, creyendo el testarudo que así no eran posibles las calabazas; pero se equivocó. La esquiva moza se plantó en firme en cuanto le tuvo delante, y en seguida le volvió la espalda. Sintió Chiscón el golpe en lo más vivo, y para disimular sus efectos, echó fuera al mozo que le seguía por la izquierda. También entonces se le plantó la moza. Atolondrado ya por la ira y el despecho, siguió fila abajo empeñado en hallar pareja; pero sólo halló desaires en todas partes.
Reventóle al fin la corajina del pecho, y dijo, dispuesto á todo:
—¡Quisiera conocer al que tiene la culpa de esto!
Á lo que respondió Catalina con gran serenidad: