Chiscón, porque le corrían costas en el pleito, no se descuidó en rematarle cuanto antes.
Volvió á Cumbrales al otro día, cerca ya del anochecer; y después de reforzar el ánimo con unos tragos en la taberna de Resquemín, donde le dijeron que Tablucas acababa de marcharse para meterse en casa antes de que llegara la noche, fuése á la de Catalina. Cabalmente, al entrar él, estaba toda la familia reunida, porque acababa de cenar.
Sin exordios ni tanteos, no bien se acomodó en el taburete cerca de la perezosa, cargada aún con los cacharros vacíos y los codos de la gente de casa, declaró sus honradas intenciones y expuso el inventario de sus caudales. La respuesta fué breve y terminante: se agradeció mucho la voluntad; pero se desestimó el propósito.
Chiscón, que no podía llamarse á engaño, porque á nada obliga en la Montaña á una moza soltera el abrir de noche la puerta al mozo que así lo desea para hablarla delante de la familia al amor de la lumbre, de los cuales términos él no había pasado allí, tragóse las calabazas sin meterse en más indagaciones; se despidió como pudo, y volvió á la taberna donde le esperaba el Sevillano. Llegó el hombre, que ahumaba, y pidió á Resquemín una azumbre de lo blanco para apagar el incendio.
Conoció el Sevillano dónde le dolían á su amigo las quemaduras, puso el dedo sobre las llagas, bramó el doliente; y hablando, hablando, y bebiendo, bebiendo, desfogóse el de Rinconeda á sus anchas, pero sin decir pizca de verdad. Puso á Catalina y á toda su casta para pelar; fingió haber sido en él chanza y pasatiempo lo que á tales injusticias le arrastraba; supuso que se había negado á ser paño de las lágrimas vertidas por los desdenes de Nisco; pintó en la moza los deseos, y en él el desaire; y creyendo que por esta senda arriba se encaramaba muy alto, dió en despotricar por el estilo á medida que bebía y entraban gentes en la taberna.
Al otro día todo el pueblo era sabedor de lo charlado allí por Chiscón, que, después de dormir la mona y las pesadumbres, verdaderas lenguas de sus descomedimientos, apenas se acordaba de otra cosa que de las calabazas recibidas.
El domingo siguiente se presentó en el corro de Cumbrales; y como lo valiente no quita lo cortés, algo también por vía de memorial indirecto, y mucho por alarde para desautorizar dichos y murmuraciones, invitó á bailar á Catalina; pero ésta, que tenía buena memoria y muchos agravios que vengar del mocetón de Rinconeda, le soltó á la cara un no redondo, seco y frío... y gracias que no le soltó además una desvergüenza.
Pareciéronle á Chiscón, por ser públicas, estas segundas calabazas más duras de tragar que las primeras; pero tragólas mal de su grado, aunque no sin bascas y trasudores; y fingiendo una serenidad que no tenía, apartóse de Catalina y acudió á otra moza con la pretensión. Como había sido tan mirado y visto el desaire, y en casos tales á nadie le gusta recoger lo que otro desecha, la moza invitada desairó también á Chiscón; dirigióse éste en seguida á la de más allá... y lo mismo, y así, de moza en moza, recorrió toda la fila el de Rinconeda, llevando tal carga de calabazas, que le abrumaron; con lo que perdió la poca serenidad que le quedaba y se largó de allí como perro con maza; mas no sin decir antes, con su voz de trueno, vuelto el airado rostro hacia la gente:
—¡Yo vos aseguro que he de bailar aquí mesmo, hasta que me digáis que lo deje!
Para el siguiente domingo tenía dispuesta la juventud de Cumbrales una magosta, precisamente en una castañera que lindaba con el término de Rinconeda.