Continuaban la calma sofocante y el cielo cargado de nubes como peñascos, con unas intermitencias de sol que levantaba ampollas; los desperfectos del Sur, en tejados y cerrajas, iban poco á poco reparándose, y hasta se consolaban las gentes, unas á la fuerza y otras como podían; pero no se olvidaba un punto la anunciada invasión de los de Rinconeda; y hacia el camino de Rinconeda miraban todos los ojos de Cumbrales desde huertas, callejas y tejados, y á voces de Rinconeda sonaban todos los rumores en los oídos de la gente de arriba. Odiosa era siempre una provocación semejante... ¡pero en aquel día!... ¡después de las devastaciones del huracán, apenas encalmado!...
—¡Pues como vengan!...
Y esto decían todas las bocas de Cumbrales.
Pero subieron Cerojas y Lambieta al campanario con otros camaradas que lo tenían por costumbre; hartáronse de repicar á vísperas... y nada. Tocáronse luégo las tres campanadas al rosario; acudió la gente, llegó el señor cura, rezóle y hasta echó su poco de plática sobre la paz y concordia entre los pueblos cristianos; acabóse la piadosa tarea, que duró tres cuartos de hora... y nada. Se desocupó la iglesia; quedáronse en el porche, murmurando, las mujerucas á ese manjar aficionadas; agrupáronse de cuatro en cuatro, á la sombra de las tapias fronteras al corro del baile, las viejas, acurrucadas en el suelo, á jugar el ochavo á la brisca ó al mayor punto; avanzó la gente moza; resonaron las panderetas recién templadas; arrimáronse al calorcillo del baile muchos de los mozos aficionados, y los restantes, entre los que estaban Pablo y Nisco, entraron en la bolera; sentáronse los viejos mirones en las paredillas; oyóse la voz alegre de las cantadoras acometer la tarea con la tradicional y obligada copla
Para espenzar á cantar,
licencia tengo pedida,
al señor cura, primero,
y á la señora Josticia.
Dió principio también el baile; rifaban ya las viejas sobre si se vió ó no se vió, si se hizo ó no se hizo la prohibida seña del as ó del tres del palo del triunfo; alzóse regocijada gritería en el corro de bolos por haber hecho Nisco un emboque á la segunda bolada; correteaban Bodoques por aquí, Lergato por allí y Lambieta por el otro lado, reclutando muchachos para jugar á la cachurra en la mies, silbando unas veces, voceando otras y estorbando siempre... en fin, que el corro, lleno, como quien dice, de bote en bote, se había normalizado ya... y nada. Los de Rinconeda no venían, y los de Cumbrales llegaron á no pensar en ellos: como que el cura se fué á rezar vísperas, y el alcalde á dormir un rato.