Así estaban los ánimos cuando se presentó Cabra á todo correr por el camino alto de Rinconeda.
—¡Ahí vienen!—gritó cerca del corro de bolos.
Produjo la noticia mucha efervescencia en hombres y mujeres; tanta, que los juegos cesaron y el baile se suspendió.
—¡Eso es una cobardía!—gritó un mozo encaramándose en la pared de la bolera y dirigiéndose á los dos corros.—¡Si vienen, que vengan! ¿Pensáis que vos van á comer? Pus lo que hagan haremos... yo, por mi parte.
Gustó la arenga, aprobóse, serenáronse los espíritus y continuaron los juegos y el baile, interrumpidos más por curiosidad que por miedo, á mi entender.
En esto, apareció el enemigo en la ancha calleja por donde había venido Cabra. Era una muchedumbre de hombres y mujeres: como una romería que se trasladara de un punto á otro. Provocación como ella no se conocía en la historia del odio tradicional entre ambos pueblos. Uno á uno, tres á tres, ocho á ocho, hasta doce á doce, se habían pegado infinidad de veces los de Rinconeda con los de Cumbrales, allí en Rinconeda y en todas las romerías en que se habían encontrado, porque esto era de necesidad; pero invadir un pueblo entero al otro pueblo, con premeditación y á sangre fría, pasaba con mucho la raya de todas las previsiones.
Venían delante una ringlera de mozas, dos de ellas con panderetas, y traían en medio á Chiscón con ramos en el sombrero y en los ojales de la chaqueta, y un gran lazo de cintas en la pechera de la camisa. Parecía un buey destinado al sacrificio en el ara de un dios pagano. Esto ya era un dato para creer que la función era de desagravio y en honor del Hércules de Rinconeda. El cual traía un palo, de los de pegar, debajo del brazo: otro dato; y también lo era el verse algunos garrotes más entre la turba, toda de gente moza, que seguía á la primera fila. Si esto no era venir en son de guerra, dijéralo el más lerdo. Pero se notó que abundaban mucho las mujeres en aquella tropa, y que no todos los hombres eran igualmente temibles; se echó una ojeada al corro de bolos y al Campo de la Iglesia, y se vió que, llegado el caso, podía librarse la batalla con buen éxito. Por supuesto que las mozas de Cumbrales, al ver la actitud provocativa de las de Rinconeda, no acababan de hacerse cruces con los dedos. «¡Mosconazas!... ¡Tarasconas!...» ¡Cómo las ponían, entre cruz y cruz! Pero lo que acabó de elevar la indignación á su colmo, fué ver al Sevillano entre los invasores... ¡Con ellos venía el Opas, el don Julián de Cumbrales!
Pasó la procesión por delante de la bolera, cantando las mozas y con una en cada brazo Chiscón, y llegó al Campo de la Iglesia, donde hizo alto y relinchó de firme. Pablo dejó entonces de jugar y se encaramó en la paredilla, mirando hacia allá. Estaba algo pálido y muy nervioso. Nisco no apartaba de él la vista, y la gente de la bolera miraba tan pronto á Nisco como á Pablo. Ya nadie sabía allí cuántos bolos iban hechos ni á quién le tocaba birlar. En esto, cesó también el baile, porque Chiscón se empeñó en que habían de sentarse las cantadoras de Rinconeda donde estaban las de Cumbrales. Oyéronse voces de riña. Chiscón, después de dejar sentadas á sus cantadoras junto á las del pueblo (pues éstas no quisieron levantarse y él no cometió la descortesía de obligarlas á hacerlo), volvióse á colocar á los suyos en el mismo terreno en que acababan de bailar, y aún estaban, los de Cumbrales. Con esto creció el vocerío y Pablo bajó de la paredilla; llegóse á las cantadoras de Rinconeda y las preguntó secamente:
—¿Venís de guerra?
—De paz venimos,—respondieron las mozas.