—Pues no toquéis entonces, que tocando están quienes deben, y corro hay aquí para que bailen todos, si se trata de divertirse en paz.

—¡Á tocar se va!—dijo, en esto, un mozo de Rinconeda, mirando airado á las dos mozas increpadas por Pablo.

Las dos mozas se dispusieron de nuevo á tocar.

—¡Pues no se toca!—dijo Pablo, blanco de ira.

Y hablando así, arrancó las dos panderetas de las manos en que estaban, y rompió los parches sobre sus rodillas.

¡Cristo mío, la que en seguida se armó allí! Pero Pablo, que ya la esperaba, porque de un modo ó de otro tenía que venir, con las rotas panderetas en las manos, la cabeza erguida, la boca entreabierta, el pecho anhelante y lívida la tez, examinó el campo con una mirada rápida, y la clavó firme sobre Chiscón que corría hacia él apartando la gente como el oso los matorrales. Estremecióse el joven un momento, arrojó los aros, dió dos pasos hacia el gigante que podía desbaratarle entre sus brazos de roble, y le recibió con una puñada en la jeta, y tal puntapié en la barriga, que el oso lanzó un bramido y necesitó todas sus fuerzas bestiales para no desplomarse como torre socavada. Nisco, que no había perdido de vista á Pablo, en cuanto le vió enfrente de Chiscón saltó como un corzo desde la bolera al campo, sin tocar la paredilla, y voló hacia su amigo; pero le salió al encuentro un valentón del otro pueblo, y fuéronse á las manos. Creció con esto la bulla; saltaron detrás de Nisco los jugadores de bolos; salieron los hombres que estaban en la taberna; encontráronse con otros del bando enemigo, y la lucha se trabó en todas partes con la prontitud con que se inflama un reguero de pólvora. Acudieron al vocerío las mujerucas del portal de la iglesia, y las viejas que jugaban á la brisca, y los muchachos que correteaban por las inmediaciones, y se llenó de gente el campo, desde el corro de bolos hasta el extremo opuesto.

Toda aquella masa, al principio inquieta, nerviosa y movediza, fué enrareciéndose poco á poco, aquietándose y buscando los puntos más elevados y menos peligrosos, mientras los combatientes, en grupos enmarañados, forcejeaban, iban, venían, se bamboleaban, alzábanse y se agachaban; de manera que todo este conjunto de actores y espectadores parecía embravecido torrente encajonado de pronto en recios é insuperables muros.

Ya no se oían voces allí, ni amenazas; ni se veía el garrote describiendo rápidas curvas en el aire, porque (justo es declararlo) los de Rinconeda arrojaron los suyos cuando vieron inermes á los de Cumbrales; no brillaba, ni brilló antes, el acero homicida, porque este arma vil no se conoce en los honrados campos montañeses, si algún descastado no la usa á traición, muy raras veces. Sólo se percibían sordos ronquidos, jadeos de la respiración, desgarraduras de camisas y, de vez en cuando, un cuajjj despatarrado, como odre henchido que revienta de pronto: era que un luchador caía de espaldas en el suelo, debajo de su adversario; el cual no abusaba de la ventaja adquirida: no hería á su enemigo, ni siquiera le golpeaba en sitio peligroso; conformábase con tenerle allí como crucificado, y con responder á sus ronquidos y amenazas con sordos y mortificantes improperios; alguna vez se oía también el estampido ronco de un puñetazo sobre un esternón de acero... y poco ó nada más se oía; porque, tocante á los espectadores, ni se movían ni chistaban: allí se estaban todos con los ojos encandilados y el color de la muerte en el semblante; los muchachos, royéndose las yemas de los dedos; las mujeres, con la boca abierta, y los viejos dando mandíbula con mandíbula.

Harto claro se vió que las mozas de Rinconeda no contaron con todo lo que estaba pasando, al ir á Cumbrales como fueron; y por verse tan claro en la sorpresa y dolor que mostraban, no cayeron sobre ellas las hembras de Cumbrales y se libró de ser un verdadero campo de Agramante aquel Campo de la Iglesia.

Si un luchador, al levantar la cabeza, mostraba la faz ensangrentada, alzábase en los contornos un rumor de espanto y de indignación al mismo tiempo; y entonces alguna voz clamaba por la Justicia. ¡La Justicia! ¡Á buena puerta se llamaba! Tres concejales, el pedáneo y el alguacil estaban enredados en lo más recio de la pelea, brega que brega, no para poner paz, sino porque eran ellos de Cumbrales y los otros de Rinconeda; el juez municipal, que al empezar la batalla se hallaba en la taberna (cuya puerta trancó por dentro Resquemín, dicho sea de paso, en cuanto quedó desocupada), se escondió en el pajar... con el sobrante de la jarra que tenía entre manos; y por lo que hace al alcalde Juanguirle, ya sabemos que se fué á dormir la siesta poco después de salir del rosario.