Á todo esto, los plúmbeos nubarrones se iban desmoronando en el cielo, y extendían su zona tormentosa, cárdena y fulgurante, hasta la misma senda que recorría el sol en su descenso; y cuando un rayo de él lograba rasgar los apretados celajes y caía sobre los entrelazados grupos de combatientes, relucía el sudor en los tostados rostros manchados de sangre y medio ocultos bajo las greñas desgajadas de la cabeza; y cual si aquel rayo, calcinante y duro, fuera aguijón que les desgarrara las carnes, embravecíanse más los luchadores allí donde el cansancio parecía rendirlos, y volvía la batalla á comenzar, lenta, tenaz y quejumbrosa.
Ya sabemos dónde luchaban Pablo y Chiscón; que éste era grande y forzudo, y cómo recibió su primera embestida el valeroso mozo de Cumbrales, que si no era tan fuerte como su enemigo, tenía, en cambio, la agilidad de la corza y el temple del acero. Así saltaba, hería y se cimbreaba. Eran los dos luchadores el ariete poderoso y la espada toledana. Huir de los brazos hercúleos de Chiscón era todo el cuidado de Pablo; y entre tanto, golpe y más golpe sobre el gigante. Reponíase éste apenas del aturdimiento que le causaba un puñetazo en la boca, y ya tenía otro más recio en las narices; con lo que el salvaje, poco acostumbrado á aquel género de lucha, bramaba de ira; y bramando, esgrimía las aspas de su cuerpo, y cuanto más las agitaba, más se perdían sus derrotes en el espacio, más se quebrantaban sus bríos y más espesos caían sobre su cara, llena ya de flemones, ensangrentada y biliosa, los golpes de su ágil adversario. Pero necesitaba éste terminar de algún modo aquella lucha desigual y expuesta, y tras ese fin andaba rato hacía. No bastaba aturdir al atleta; era preciso derribarle, vencerle. Al cabo, logró plantarle un par de puñetazos entre mejilla y ceja; y con esto y otro puntapié hacia el estómago al humillar el bruto la cerviz, quedóse éste como Polifemo cuando Ulises le metió por el ojo el estacón ardiendo. Entonces se abalanzó Pablo á su cuello de toro; hizo allí presa con las manos, que tenazas parecían; sacudióle dos veces, y á la tercera, combinada con un hábil empuje de la rodilla, acaldó en el suelo al valentón de Rinconeda. Fragor produjo esta caída; pero no por el choque de las armas, como cuando caían los héroes de la Iliada, sino por el peso de la mole y el crujir de los pulmones y costillas. Cayó el gigante con el rostro amoratado y medio palmo de lengua fuera de la boca, porque Pablo, sin aflojar la tenaza de sus dedos, se encaramó á su gusto sobre el derribado coloso.
No muy lejos de Pablo andaba Nisco, que tampoco peleaba al uso de la tierra, como su adversario quería; es decir, pecho á pecho y brazo á brazo, con variantes de zarpada y mordisco, sino á puñetazo seco y á rempujón pelado; mas no procedía así porque su contrario fuera más fuerte que él, pues allá se andaban en brío y en tamaño, sino porque en el hijo de Juanguirle obraban la vanidad y la presunción lo que en Pablo la necesidad aquel día. Es de saberse que hasta para luchar á muerte era vanidoso y presumido el demonio del muchacho aquél. Así se le veía rechazar á su enemigo con un golpe seguro y meditado, y aprovechar la breve tregua para atusarse el pelo y acomodar el sombrero en la cabeza. Sus brazos, antes de herir con el puño, describían en el aire elegantes rúbricas, y no tomó actitud su cuerpo que no fuera estudiada. Parecía un gladiador romano. Estaba un poco pálido y se sonreía mirando á las muchachas que le contemplaban. Otras veces recibía con las manos la embestida del enemigo; le sujetaba por los brazos, le zarandeaba un poco, y después le despedía seis pasos atrás; y vuelta á componerse el vestido, á colocarse el sombrero, á sacudirse el polvo de las perneras y á sonreir á las muchachas, entre las que estaba Catalina, á tres varas de él, anhelosa, conmovida y siguiendo con la vista, y en la vista el alma, todos sus ademanes y valentías.
Cuando una sonrisa de las de Nisco era para ella, parecía decirle la gallarda moza con los ojos:—«¡Ánimo, valiente! que en cuanto las fuerzas y la serenidad te falten, aquí estoy yo para morir á tu lado defendiendo tu vida.» ¡Era digno de estudio y de admiración aquel bravo mozo! En su cara risueña, y mientras se acicalaba, entre embestida y sopapo, se leían claramente estos pensamientos:
—«No quiero mal á este enemigo; no tengo empeño en causarle daño; peleo con él porque soy de Cumbrales y él es de Rinconeda, y para que vea que ni le temo ni es capaz de vencerme... pero que no me toque en el pelo de la ropa. ¡Eso sí que no lo tolero yo!»
Al fin apareció por el lado de la iglesia el bueno de Juanguirle, á quien había ido á despertar Cerojas. Subió á lo más alto de la peña, recorrió con la vista azorada el campo de batalla, y se llevó ambas manos á la cabeza; luégo pateó y se lamentó y se mesó las greñas. Algunos espectadores se le acercaron encareciéndole la necesidad de que la lucha terminase; y la digna autoridad, sin hacer caso de consejos que no necesitaba, alzó el sombrero hasta donde alcanzaba su diestra, bien estirado el brazo después de ponerse sobre las puntas de los pies, y gritó así, con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Alto!... ¡á la Josticia!... ¡á la Ley!... ¡á la Costitución!... ¡al mesmo Dios, si á mano viene; que, á falta de otro mejor, á la presente su vicario soy en este lugar!... ¡Ténganse, digo, los de Cumbrales!... ¡Respeten mi autoridad los de Rinconeda!... ó si no... ¡voto al chápiro verde!...
Como si callara. Volvió á patear el digno alcalde, y cambió de sitio, y tornó á mesarse los pelos. Dos mozos de Rinconeda, que no habían hallado con quién pelear, ó no lo habían intentado con gran empeño, le miraban de hito en hito.
—¡Á la Ley!... ¡Á la Costitución!... ¡Á la Josticia!—volvió á gritar Juanguirle.
—¡Á la Josticia!... ¡Á la Costitución!... ¡Á la Ley!—repitieron algunas personas consternadas, recomendando así á los combatientes las amonestaciones de la autoridad.