La misma desobediencia.

—¡Á mí los de josticia!—insistió el alcalde, gritando.—¡Á mí los que estén por el sosiego!... ¡Déjalo ya, Bastián!... ¡suelta tu parte, Braulio!... ¡Debajo le tienes!... ¡sin camisa y machucado está!... ¿Qué más quieres?... ¿Qué más queréis los de Cumbrales por esta vez?... ¿No me oís?... ¿No vos entregáis?... ¡Voto á briosbaco y balillo, que se han de acordar de mí los peces de Rinconeda! ¡Ellos son los rebeldes á la autoridad!... ¡á la Ley!... ¡á la Costitución!... ¡Viva Cumbrales!

Oído esto por los de Rinconeda, dijo uno de ellos al alcalde, encarándose con él y tirando al suelo al mismo tiempo la chaqueta que tenía echada sobre el hombro izquierdo:

—¡Pus nos futramos en Cumbrales, en la ley y en usté que la representa!

—¡Hola, chafandín pomposo!—le replicó Juanguirle, volviéndose al atrevido y echando el sombrero hacia el cogote, con un movimiento rápido de su cabeza.—¡Con que todo eso sois capaces de hacer?... Pues mírate tú, hombre: paso lo de mi persona, y no riñamos por lo de la Ley; ¡pero relative á lo de Cumbrales, mereciera ser yo de Rinconeda si no me pagaras el agravio!

Y con esto se fué sobre el mozo, y le alumbró dos sopapos. Contestó el de Rinconeda; quiso ayudarle el que le acompañaba; impidióselo un espectador de Cumbrales, y agarráronse también los dos; con lo que se animó bastante por aquel lado el campo de batalla.

Al mismo tiempo llegó don Valentín á todo correr, con los pábilos erizados, la gruesa caña al hombro y el sombrero bamboleándosele en la cabeza. Acometió valeroso al primer grupo, y no pudo desenredarle; acometió al segundo, y lo mismo; buscó de varios modos el cabo de aquella enmarañada madeja, y no dió con él. Al último, subióse á la altura donde había predicado el alcalde, y desde allí gritó:

—¡Nacionales!... digo, ¡convecinos!... ¡Es una mala vergüenza que mientras el perjuro amenaza vuestros hogares, malgastéis las fuerzas que la patria y la libertad os reclaman, en destrozaros como bestias enfurecidas!... ¡Convecinos!... basta de saña inútil... de valor estéril... ¡guardadlo en vuestros corazones para el enemigo común!... ¡daos el fraternal abrazo... y seguidme después!... ¡Yo os llevaré á la victoria!... ¡yo os devolveré á vuestros hogares, coronados de laurel!... ¡Os lo aseguro yo!... ¡yo, que vencí en Luchana!

Mientras así hablaba don Valentín, llegó por el extremo opuesto don Pedro Mortera buscando á su hijo.

—¡Pablo!—gritó con voz de trueno, cuando estuvo junto á él.—¡Qué haces!