Y Pablo, como movido por un resorte, se incorporó de un brinco al oir la voz que le llamaba, y dócil acudió á ella; pero sin perder de vista á Chiscón, que, al librarse del suplicio en que le había tenido como clavado el valiente joven, se alzaba á duras penas, derrengado y maltrecho, con la faz cárdena y monstruosa. Sentía el vencimiento como una afrenta, y más pensaba en meterse donde no le viera nadie, que en buscar un desquite en buena ley; en buena ley, porque es de advertir que el coloso de Rinconeda no era traidor ni capaz de una villanía, aunque, por efecto de su rudeza, no se ahogara con escrúpulos de otro género; era, en suma, de los que querían, llegado el caso,
«Jugar en injusto juego;
pero jugar lealmente.»
No creyó don Pedro Mortera cumplido su deber con tener á Pablo apaciguado y junto á sí; quiso también pronunciar el quos ego de su respetabilidad indiscutible sobre aquel mar embravecido. Pronuncióle más de una vez, pero no adelantó nada. Este fracaso amilanó á los angustiados espectadores; y más se amilanaron cuando vieron tan desobedecido como don Pedro, al señor cura, que llegó inmediatamente.
—¡Esto es obra del mismo demonio!—dijo entonces una voz desconsolada.
¡Del mismo demonio!... No necesitaron oir más cuatro sujetos de los desocupados, para ponerse de acuerdo en un instante y echar á correr hacia la casuca de la Rámila.
En tanto, don Pedro Mortera, que acababa de ver á Nisco, se dirigía á él llamándole á la paz; á lo que el mozo respondió con una sonrisa, después de pegar un bofetón á su contrario. Volvía otra vez la cara hacia éste, cuando una piedra le hirió en la frente y le tendió de espaldas, sin decir Jesús. No se supo cuál fué primero, si la pedrada, la caída del herido, no en el suelo, sino en los brazos de Catalina, ó el lanzar ésta un grito como si la hubieran atravesado el corazón de una puñalada.
Vió que la sangre fluía en abundancia de la herida y pensó volverse loca.
—¡Muérame yo!—gritaba, haciendo trizas su delantal y su pañuelo para cerrar aquella brecha por donde creía ver escaparse la existencia del valiente mozo.—¡Mate Dios cien veces al traidor que te ha herido!... ¡mate otras tantas al bruto que amañó esta guerra; pero que no te mate á tí, que vales el mundo entero!... ¡Virgen María de los Dolores! ¡la mejor vela te ofrezco con la promesa de no bailar más en mi vida, si la de él conservas, aunque yo jamás la goce!
Uníase á estos gritos el vocear del contrario de Nisco, negando toda participación en la felonía; chispeaban los ojos de Pablo buscando entre la muchedumbre algo que delatara al delincuente; ordenaba don Pedro lo más acertado para bien del herido; acudían gentes aterradas á su lado; y mientras esto acontecía y se buscaba á Juanguirle entre los combatientes, las tintas de los celajes iban enfriándose; desleíanse los nubarrones, cual si sobre ellos anduvieran manos gigantescas con esfuminos colosales; una cortina gris, húmeda y deshilada, como trapo sucio, se corrió sobre los picos más altos del horizonte; brilló debajo de ella la luz sulfúrea del relámpago, y comenzaron á caer lentas, grandes y acompasadas gotas de lluvia, que levantaban polvo y sonaban en él como si fueran de plomo derretido.