—La misma culpa que en la herida de Pablo, tengo en la pedrada que te alcanzó á tí, obra de un mismo traidor. Por lo demás, si prenda tuya quise tomar, fué porque abandonada la ví. Confieso que el no me sacó de quicios; pero no todo lo que después vino fué sólo intento mío, que lances y consejos lo fueron arreglando así. Á lo tuyo te has vuelto ahora, y has hecho bien, que la prenda lo vale y la merecías más que yo.

También Nisco le alargó la diestra, en señal de amistad sin resentimientos. Después se enteró Chiscón muy al por menor del estado de Pablo, y celebró cordialmente la mejoría. Luégo se despidió cortés, á su manera, y salió del cuarto, carrejo adelante, dejando aquí un pastel de arcilla blanda, y allá un chinarro, de lo agarrado en las callejas por sus zapatones, y haciendo temblar los suelos en cada zancada.

En tanto, había llegado Juanguirle muy apurado, y estaba con don Pedro Mortera en el cuarto del portal. Tratábase de un oficio del alcalde de Praducos al alcalde de Cumbrales, recibido por éste en aquel momento.

—Ya usted lo ve—decía Juanguirle:—esas gentes se han desbandado por estar muy perseguidas, y andan en pandillas cortas de merodeo por acá y por allá. Han entrado en Praducos y en Sopando... y en Coloños, que está á dos pasos de este pueblo. Verdad que ha sido entrada por salida, á lo que parece, y que se han conformado con unas cuantas raciones. De todas suertes, ¿qué le parece á usted, señor don Pedro, que hagamos en Cumbrales, en virtud de este aviso que me dan?

—Hablar poco de ello y tener mucho juicio—respondió don Pedro;—y, sobre todo, cuidar de que nada sepa don Valentín, que puede hacer una majadería que nos cueste muy cara á todos.

—Eso mismo creo yo... porque, señor, una aldea abierta, de poco vecindario, sin otra arma que el sable de ese loco...

—Y tan loco será como él quien llegue á escucharle con paciencia; y mucho más loco, quien se pare á considerar lo que podrá creerse de los que no le hagan caso.

—¿Quiere decirse que este oficio... como si hubiera caído en un pozo?

—No tanto, porque debe servirte el aviso para estar alerta y prevenido, á fin de evitar al pueblo cuantas vejaciones puedan evitarse, si tenemos la mala suerte de recibir esa visita.

—Pues alerta está, señor don Pedro; y Dios sobre todo.