—Nadie ha sospechado aquí semejante cosa: puedes estar tranquilo.
—De justicia son, señor don Pedro; pero con no ser más que de justicia, estimo mucho esas palabras. Y ahora—añadió el mocetón, manoseando el sombrero,—si en ello no ofendiera...
Y aquí se paró; pero don Pedro, leyéndole el pensamiento, noblote y generoso, al través de aquella rudeza medio salvaje, le dijo, señalando hacia la puerta del estragal:
—Sube á ver á Pablo si quieres.
—Ese favor iba á pedir, señor don Pedro,—respondió Chiscón agradecido.
Un momento después crujían las tablas de los peldaños, holladas por los herrados zapatones del gigante.
Llamó arriba con un deogracias que retumbó en toda la casa. Apareció doña Teresa; y después de oir al mocetón, le condujo á la estancia de Pablo.
Por entrar, habló en términos parecidos á los que empleó delante de don Pedro Mortera. Pablo, por toda respuesta, desde la cama en que estaba sentado le alargó su mano pálida, fina y un tanto descarnada; mano que desapareció al punto entre las dos de Chiscón y enormes, atezadas, callosas y peludas.
—Dicen—añadió el de Rinconeda un poco conmovido,—que anda oculto por temor á la justicia. ¡Que Dios le libre de caer en la de mis manos!
Después soltó la de Pablo y tendió una de las suyas á Nisco, diciéndole: