¡Bendita boca! ¡Bendita ciencia que por ella habló! ¡Benditas palabras que rompieron en un instante las férreas y candentes ligaduras que oprimían y abrasaban tantos corazones henchidos de amor al valiente mozo!

Una hora antes habían llegado Juanguirle, el padre de Catalina y media docena más de vecinos de las inmediaciones, á saber noticias del enfermo, de cuyo estado gravísimo comenzaba á hablarse en el pueblo, y á ofrecerse á todo cuanto ellos pudieran hacer en servicio y descanso de la casa. Todos estaban en la cocina aguardando el resultado de la visita del médico, y á todos les dió cuenta don Pedro Mortera, muy regocijado, del fallo del doctor.

Este consintió en quedarse allí aquella noche, y era muy corrida ya la mitad de ella, cuando Ana y su padre, después de haber visto que Pablo dormía con relativo sosiego, se retiraron á su casa.

Á la mañana siguiente la calentura había cedido mucho; tenía poca sed el enfermo, y la herida presentaba mejor aspecto; con lo que el médico, confirmándose en su primer dictamen, se volvió á la villa.

No entra en mis propósitos, ni vendría muy al caso, escribir la historia detallada de la enfermedad de Pablo. Lo que importa conocer aquí es el resultado de ella; y á este propósito, digo que, tres días después de lo narrado, el enfermo estaba completamente limpio de calentura, y su herida, nueva y cómodamente examinada por el doctor, en las mejores condiciones apetecibles.

Como ya se le permitía hablar, Nisco, que había saltado de la cama en cuanto supo lo que á su amigo le ocurría (aunque, por acuerdo de Juanguirle, lo ignoró hasta que hubo pasado lo más grave), le acompañaba algunos ratos.

No era ya el mozo aparatoso y remilgado de antes. Presentábase en la nueva etapa de su vida sencillo, modesto y bondadoso. ¡Cuánto había ganado en el cambio! Atribuíase éste en casa de don Pedro Mortera al reciente percance que aún le tenía con la frente vendada, y á su pena por lo acontecido á Pablo; pero yo sé que el descalabro que principalmente había dado origen á tan notable transformación, era bien diferente del que le produjo la pedrada del Sevillano. El resto fué obra de la abnegación de Catalina, ejemplo admirable que acabó de abrir los ojos al iluso.

Estando una tarde sentado á la cabecera de la cama de Pablo, llegó Chiscón al portal, hallándose en él don Pedro Mortera. Descubrióse con respeto el hercúleo mozo, y habló así al caballero, que le miraba con repugnancia:

—Tiénenme por amigo del hombre que ha puesto á Pablo en peligro de muerte. Nunca lo fuí, señor don Pedro, aunque dejé que me lo llamara y que á mi lado se le viera muchas veces. De saber acabo la maldá del alevoso; habrá quien piense que consejos míos le movieron la mano traidora, como á mí los suyos me acabaron de mover la voluntá á preparar la guerra del domingo... y aquí vengo, señor, á lavarme, con la verdá, de la mancha de esa duda. Yo no soy santo; la ira me tienta muy á menudo; y, por verme fuerte, gústame que valga la mía más de lo que debiera gustarme; pero guerreo en buena ley, cara á cara y con armas iguales. Á Pablo busqué así: pudo más la su maña que la mi fuerza, y vencióme... Usté lo vió. Dolióme la afrenta, es verdá; pero juzguéla castigo por mano de un valiente, y de allí no pasaron mis rencores, aunque la pena fué grande. Sin ser visto de naide, volvíme á mi casa... ¡Por el santo nombre de Dios, juro que, desde mucho antes de enredarme con Pablo aquella tarde, no he vuelto á ver al traidor que al otro día le dió la puñalada!

Cayó mucho hacia la benevolencia la antipatía con que miraba don Pedro á Chiscón, cuando éste acabó su apasionado razonamiento, y le dijo el grave señor, pero sin dureza: