Pasó otra hora; y ya don Pedro había dado las órdenes para que se fuera en busca de otro médico, cuando se oyeron en el corral las herraduras del caballo que debía traer lo que con ansia mortal se esperaba...
Y lo traía el noble bruto sobre sus lomos empapados en sudor.
Digo que llegó el doctor, forrado, por cierto, de pies á cabeza en altas polainas, recio capote y descomunal bufanda.
Cómo fué recibido, no hay que contarlo, pues ya se sabe con qué ansiedad se le esperaba.
Siempre sucede lo mismo en idénticos casos; lo cual no nos impide, cuando estamos en cabal salud, poner á los médicos á bajar de un burro, por ignorantes y matasanos. Así somos, con la gracia de que en otros muchos lances de la vida, aún somos peores y más injustos y más ingratos. Pero vamos al asunto.
Tardó el médico, porque se hallaba ausente de la villa cuando fueron á buscarle. Llegado á su casa, le enteró de lo ocurrido el criado de don Pedro; después salió á encargar á un farmacéutico los medicamentos que juzgó necesarios, operación nada breve... Pero, en fin, ya estaba allí, aunque un poco retrasado, con un frasco en cada bolsillo y llena de emplastos la cartera. Aunque entradillo en años, era chancero y alegre; por lo que sus palabras (después de oir de pie, y mientras se despojaba de los pesados abrigos que llevaba encima, la relación hecha por don Pedro) fueron á modo de brisa que, si no barrió, adelgazó mucho los negros celajes que abrumaban el ánimo de aquellas buenas gentes.
Entró luégo en el cuarto del enfermo, seguido de don Pedro Mortera y de don Juan de Prezanes. Salió doña Teresa; cerróse la puerta y comenzó el reconocimiento, que fué largo y escrupuloso.
La herida, por estar muy inflamados sus bordes, no pudo examinarse como el doctor quería; pero era indudable, por lo que estaba al alcance de la sonda y lo que respondía el enfermo, que no era profunda, sino á lo largo de la costilla sobre la cual estaba.
Hízose la cura como debía de hacerse; se le dió á Pablo una bebida al caso; se recomendó el silencio y el desahogo en la estancia, y volvieron á salir de ella los hombres. Las tres mujeres los esperaban en el carrejo, con la ansiedad que es de suponerse. El médico habló así entonces, sin cuidarse maldita la cosa de bajar la voz:
—Es más el ruido que las nueces. La calentura, que es muy alta, tendría gran importancia si la herida fuera penetrante; pero felizmente no lo es, y de ello he de convencerme más tan pronto como disminuya la inflamación á beneficio de lo dispuesto ahora. Pablo es nervioso y vehemente; han pasado muchas horas perdidas desde que fué herido; precedió al lance una escena violenta, según me han dicho, y parece ser que vino tras otra por el estilo ocurrida ayer. Todo esto contribuye, indudablemente, á poner á Pablo en el estado de exacerbación en que se halla; estado que no juzgo grave, ni mucho menos, aunque á los ojos profanos lo aparenta... Con que á cenar, si no lo han hecho ustedes ya; á la cama después los que no velen, y á dormir sin penas ni cuidados; que, ó yo me engaño mucho, ó esto ha de ser obra de pocos días.