Abrió los ojos Pablo al oir aquella voz, y dijo, queriendo sonreírse:
—Esto pasará pronto...
—¿Cómo te encuentras, hijo mío?—le preguntó su madre, anhelosa y acongojada, aprovechando el inesperado momento de lucidez para explorar el estado del enfermo.
—Bastante bien—respondió éste volviendo á cerrar los ojos.—El calor me incomoda mucho... ¡Más agua!
Sobre la mesita cercana al lecho había una botella, casi vacía ya, y una copa con agua. Ana se apoderó de ella rápidamente y la acercó á los labios ardientes de Pablo. Este cogió con su mano, que abrasaba, la copa, y con la copa la mano de Ana; y así bebió, sorbo á sorbo, como si le refrescara, más que el agua que bebía, el contacto de aquella piel fina y rosada, misterioso centro en que á la sazón convergían los anhelos de dos almas y la esencia de dos vidas.
Mientras esto pasaba, don Juan de Prezanes (que ya se había quejado amargamente de que no se les hubiera dado antes la noticia) preguntaba á todos y á cada uno cómo había sido aquello; qué trámites había seguido la agravación; á qué hora se había ido á buscar al médico; por qué no venía ya... y todo cuanto podía preguntarse y mucho más, espeluznado, nervioso, inquieto y descolorido. Pero cuando observó que Pablo hablaba, y tan pronto como Ana volvió á poner la copa sobre la mesa, no pudo contenerse y avanzó hasta la cabecera del lecho. Pulsó al enfermo, le palpó la frente, le arropó cuidadoso, le subió el embozo de las sábanas y volvió á bajársele; tornó á subírsele, quiso hablarle, y se contuvo; le arregló la almohada, y otra vez las ropas; volvió al intento de preguntar algo... y tampoco dijo nada. Iba y venía; escuchaba la respiración del enfermo y miraba á los circunstantes; y á todo esto le temblaban los labios y la barbilla, y los ojos se le humedecían; sacaba el pañuelo del bolsillo; llevábale rápido á las narices; daba con ellas un trompetazo seco; volvía á guardarle... en fin, mareaba.
Al último, estalló así:
—¡Pablo... hijo mío!... Yo no sé si algo de lo que ayer te dije puede haber contribuido á la desazón en que te hallas. Si es así, ¡perdóname, por el amor de Dios!... Yo no podía presumir... no era fácil adivinar... Creía tener mis razones, estar en mi derecho; porque cabe muy bien que un viejo como yo, en determinados casos de la vida, reprenda á un mozo como tú, que se halla en salud cabal, como tú te hallabas cuando yo te reprendí... quizá con mayor dureza que la debida, porque á la lengua más la mueve el temperamento que la voluntad. Pero aquello pasa... pasó como pasan las tempestades; y ahora me asusta el temor de que el recuerdo de ello pueda afligirte la memoria en el estado en que te ves... Por supuesto, que no le doy importancia maldita, y creo que eso ha de desaparecer como un relámpago... ¡Pues no faltaba más!... Pero, aunque pasajero, te postra en la cama y te hace padecer... ¡Si supiera yo dónde hallar al infame que te hirió!... ¡Y ese médico que no llega!... ¡Y al bestia que fué á traerle no se le habrá ocurrido buscar otro á faltas de él!... Hay gentes que entienden algo de remedios caseros para estos lances perentorios. Aquí todos somos unos burros que no sabemos jota de ello. Nada se nos ocurre para aliviar á este infeliz que se abrasa, Dios sabe por qué... ¡Y esto es precisamente lo que hay que averiguar cuanto antes; y sólo puede averiguarlo un médico, y el médico no viene!... ¡Si estos bestias de Cumbrales no hubieran despedido al suyo hace cuatro meses!... Hombre, ¿no sería bueno mandar otro propio con el caballo del cura? No soy gran jinete; pero me atrevo á ir hasta el fin del mundo en busca de un médico ahora mismo...
Hablaba y hablaba sin cesar don Juan de Prezanes, al tenor de lo apuntado, mientras se paseaba inquieto y taciturno su compadre por delante de la puerta de la estancia, y permanecían las tres mujeres junto al lecho de Pablo, como otras tantas estatuas de la melancolía.
Notábase demasiado calor allí; lo advirtió el enfermo y se desalojó el cuarto, quedando en él solamente doña Teresa, sentada junto á los pies de la cama.