XXVI

DE VARIOS COLORES

¡Qué noche!... El tiempo pasaba; el médico no venía; Pablo continuaba agravándose, y nadie se atrevía allí á aventurar un remedio, porque el aspecto de la enfermedad ataba las manos indoctas, que bien podían dar veneno por triaca. Se entraba y se salía á cada instante, y se andaba de puntillas en la estancia á media luz; se aplicaba el oído á la agitada y seca respiración, y la palma de la mano á la ardorosa frente del enfermo; y cada acto de éstos producía una pregunta muda y anhelosa en los ojos contristados de los demás. Del cuarto de Pablo se iba á todas las puertas y ventanas que daban al corral; y por cada rendija se escuchaban los ruidos de afuera, hasta los más leves rumores... el latir de algún perro, los golpes del pesado rodal, las esquilas de la yunta, las almadreñas del carretero, algún cantar lejano... todo muy de tarde en tarde. Después, el silencio absoluto, impenetrable como la obscuridad que le envolvía... ¡ni un sonido que se pareciera al de las herraduras del brioso caballo de don Pedro sobre los resbaladizos cantos de la calleja!

Nada se le había dicho á Ana de la alarmante gravedad en que se hallaba Pablo; pero hasta en las ondas del aire hay oficiosos correos para las malas noticias; y ésta no tardó en llegar á casa de don Juan de Prezanes.

Cenando estaban ya padre é hija: ésta triste y sobresaltada por los sucesos del día, y aquél sombrío, mudo y desazonado por la misma causa, pero vista con ojos bien distintos de los de Ana. Cayó entre ambos la noticia como la guadaña de la muerte; y, yertos y despavoridos, alzáronse al punto de la mesa; abrigáronse mal y de prisa, y volaron al lado del enfermo.

Se adivinan, sin que yo las describa, las impresiones de Ana junto á aquel lecho en que yacía Pablo medio aletargado por la calentura. Corríanle á la infeliz las lágrimas por las mejillas, y ahogaba los sollozos en su pecho y las palabras en su boca; pero no pudo evitar que sus manos se posaran trémulas y codiciosas sobre la frente caldeada del enfermo.

—¡Se abrasa el desdichado!—tuvo que decir entonces, porque la pena y el sobresalto de que se vió acometida, la impusieron aquel desahogo.