—¿Y yo?... ¿soy por ventura una de ellas? ¿No sabes, insensato, que en estas ocasiones no deben desperdiciarse ni los instantes?
Le dió cuenta el enfermo de la precaución que se había tomado en casa de Juanguirle, y quiso don Pedro examinar la herida. Toda la fuerza de su voluntad, que era mucha, necesitó para no lanzar una exclamación de espanto al ver aquel ancho boquete con los bordes inflamados y sanguinolentos. Volvió á cubrirle como se lo permitió su aturdimiento; dejó á Pablo y voló al portal, donde esperaba el criado con las espuelas calzadas y el caballo listo.
—¡Á escape á la villa!—le dijo.—Avisa al médico de casa; adviértele que se trata de una herida, para que traiga á prevención siquiera lo más indispensable; que monte en este mismo caballo, si no tiene otro más veloz, y que venga en el aire, porque el herido está muy grave.
Este recado le oyeron doña Teresa y María, que andaban con oídos sutiles detrás de la verdad. Al descubrirla se espantaron, y corrieron hacia el dormitorio de Pablo. Don Pedro las detuvo.
—Pero ¿se morirá, Dios mío?—exclamaba la dolorida madre, mientras su hija lloraba amargamente.
—¡Silencio, por la Virgen!—les decía don Pedro por lo bajo.—¡Que no os oiga; que nada conozca! Entrad allá, vedle, acompañadle; pero como si nada grave sucediera.
—¡Hijo de mi corazón!... Pero ¿crees que se halla en peligro de muerte?
—¡No lo permita Dios!—dijo don Pedro, descubriendo, en lo trémulo de la voz y en las lágrimas que asomaban á sus ojos, el dardo que tenía clavado en el alma.
Luégo entraron todos en el cuarto del enfermo, que yacía postrado en el sopor de la fiebre.