—La verdad es—interrumpió don Pedro, que se paseaba cabizbajo y sombrío,—que se combinan de tal modo las cosas, que sin el genio irascible de Juan, hay para darse á Barrabás con ellas.
—¿Qué dijo al aprenderlo, Ana?—preguntó Pablo.—Cuéntalo todo sin reparos, porque conviene saber á qué atenerse.
—Poco, pero bueno—respondió Ana, esforzándose por echar á broma la cuestión.—Ya con la noticia sola de la agarrada, se había puesto que tocaba las vigas con la cabeza; pero al saber que había andado la navaja por medio, entendí que le daba algo. Entonces me dijo: «mírate bien, Ana; que por el camino de esas aventuras se va á presidio.»
—Y tú ¿qué le respondiste?
—Yo... corrí hacia acá, porque eso de la navaja me heló la sangre en las venas.
Acabóse pronto esta conversación; llegó el mediodía, y Pablo comió muy poco. Después se encerró en su cuarto y se pasó la mayor parte de la tarde con la cabeza entre las manos y los codos sobre la mesa. La herida no sangraba ya; pero le dolía mucho. Al anochecer sintióse destemplado y sediento; le ardía la cabeza, y tuvo necesidad de acostarse. Su madre y su hermana habían entrado á verle varias veces; pero él había conseguido, si no tranquilizarlas, por lo menos convencerlas de que nada grave tenía. Don Pedro, que todo lo observaba, llamó á un criado y le dijo:
—Ensilla el caballo y prepárate tú para ir á donde yo te envíe.
En seguida se fué al cuarto de Pablo. Acababa éste de acostarse. Le pulsó, le tocó la frente... y se nubló la suya.
—¡Tú estás herido, Pablo!—le dijo angustiado, pero enérgico:—horas hace que lo estoy sospechando.
—Es cierto—respondió el mozo.—No me he atrevido á decirlo delante de las mujeres, por no alarmarlas.