Salió Pablo poco después, hallando en el portal, muy afligida, á la alcaldesa, que, por ciertos respetillos pudorosos, no había asistido á la cura; chanceóse con ella para tranquilizarla, y se encaminó á su casa, pensando, más que en la herida, en el efecto que iba á producir en las dos familias la noticia del suceso, si es que no había llegado ya en alas de la oficiosidad de ciertas gentes entrometidas.
¡Vaya si había llegado! Y salía ya don Pedro portalada afuera; y se asomaban al balcón madre é hija desoladas y sin color en el rostro; y acudía Ana, con el alma en un hilo, y quedaba don Juan en su casa echando chispas por los pelos erizados y tempestades por la boca.
Nada dijo Pablo de la herida; pero refirió el encuentro tal y como había sido.
—Ésta es la verdad—añadió.—Yo no lo he buscado; ello se vino solo... ó traído por Satanás. Sé que es llover sobre mojado; barrunto cómo estará mi padrino; conozco lo que á ustedes les aflige el caso por el color que tiene; pero no lo pude evitar... Perdóname, Ana: otra vez me dejaré poner la mano en la cara, si te gusto más, bien abofeteado y huyendo, que mal vestido y triunfante.
—¡Pero dicen que te hirió con una navaja!—exclamó su madre palpándole desatinada todo el cuerpo.
—¿En dónde?—dijo Pablo con fingido asombro, pero cuidando mucho de que su madre no le tocara donde le dolía ya más de lo que él esperó.—No hagan ustedes caso de charlatanes... ¡y por el amor de Dios, no hablemos más de estas cosas!
—Y... ¿ese hombre?—le preguntó don Pedro, que hasta entonces no había desplegado los labios, aunque se los había mordido muchas veces.
—Huyó corrido como una liebre—respondió Pablo;—y dudo que vuelva á vérsele por Cumbrales en mucho tiempo.
Ana, en tanto, descolorida y angustiada, no apartaba sus ojos del mancebo, cuyo aspecto le daba mucho que pensar.
—¡Tendrá que oir tu padre ahora!—la dijo Pablo.