—¡Una herida que hay que cuidar, hijo!—respondió el alcalde.
—¡Una herida!... ¿Cuándo me la hizo, si yo no sentí nada?
—¡Bueno estabas tú para sentir, aunque te hubieran abierto en canal!... ¡Y estamos sin médico hace cuatro meses! ¡Voto á briosbaco y balillo!...
—Ande usted—repuso Pablo sonriendo, más por disimulo que por ganas,—que como se curó Nisco me curaré yo. Lo que importa es que en mi casa no se sepa esto.
—No estoy, Pablo—dijo Nisco,—porque esas cosas se oculten. Bueno es que, por de pronto, se ponga un reparo para que llegues á tu casa sin asustar á la gente con la vista de la sangre; pero después... Cierre la puerta, padre, y curémosle con lo mismo que el suyo me curó ayer á mí. Dicen que dijo don Pedro que el agua fresca es el mejor remedio para las heridas. Desnúdate, Pablo, de medio arriba.
—Es cierto—añadió Juanguirle, azorado y presuroso.—Desnúdate, hijo, en tanto voy yo por el agua y unos trapos.
Salió, cerrando la puerta por fuera, y descubrió Pablo su tronco, blanco como el alabastro, fornido y esbelto como el de un Apolo de Fidias.
—Tiéndete en la cama,—le dijo Nisco arrimándose él á la pared.
Hízolo así Pablo; entró Juanguirle con una jofaina llena de agua, y media sábana vieja al hombro, y dióse comienzo al lavatorio. La herida estaba sobre una costilla. No se metieron los improvisados cirujanos en otras investigaciones; pero vieron que tenía medio palmo de larga, y esto los asustó. Hecha esta primera operación, pusieron unos paños empapados en el mismo menjurje con que se curaba Nisco la descalabradura; sujetáronlos con una ancha venda; vistióse Pablo, y le dijo Juanguirle, que le quería de veras:
—Ahora, á casa, hijo mío; cuéntalo del mejor modo que te parezca; ¡pero cuéntalo, por el amor de Dios! y llama á un médico en seguida, porque esos boquetes suelen tener la salida por donde menos se piensa... ¡Ah, como yo llegue á echar mano al traidor!... Y ¡voto al chápiro verde que he de echársela, ó no seré más alcalde de este pueblo!