Pablo, salpicado de barro, desaliñado y convulso, se dejó de comentarios ociosos, y fuése apresurado á casa de Juanguirle, deplorando que el suceso no hubiera ocurrido á siete estados debajo de tierra.

Nisco estaba mejor y ya sentado en la cama. Asombróse al ver á su amigo en tan desastroso aspecto; refirió éste el caso, y le abrazó el hijo de Juanguirle, lamentándose de no haberle ayudado, siquiera con la presencia, y de que hubiera salido vivo del empeño el traidor de la navaja. Preguntóle si le había herido con ella.

—Nada absolutamente—respondió Pablo.—Ni un arañazo me ha costado pisotear la fama de ese bribón. Un dolorcillo siento hacia esta costilla del lado izquierdo; pero no es de golpe alguno, sino de un esfuerzo que hice al levantarle de la poza.

Después se lavó las manos y la cara; se arregló el vestido; volvió á sentarse á la cabecera de la cama, y mudó de conversación; hasta que entró Juanguirle, que se había quedado charlando con los vecinos.

Pablo, mientras oía al alcalde lamentarse de no haber preso al bribón cuando pudo y debió hacerlo, palpábase con la diestra el punto dolorido y se revolvía mucho en la silla.

—¿Qué tienes?—le preguntó Nisco. Á lo que respondió el joven:

—Que me anda aquí algo tibio y pegajoso... nada; pero me causa una impresión muy desagradable.

Por consejo de Juanguirle, muy alarmado, se descubrió la parte donde Pablo sentía lo que tanto le molestaba. Las ropas estaban allí empapadas en sangre, y ésta continuaba fluyendo, aunque no en abundancia, de una herida en el costado. Nisco y su padre palidecieron.

—¡Y yo que dejé escapar á ese villano!—exclamó Juanguirle mesándose el pelo.

—¿Qué es lo que tengo?—preguntó Pablo.