—¡Arrójala, traidor!—dijo, sin apartar la vista de la navaja.
—¡Po zi e un arfeñique, tonto! Ven á chumpale... ¿ú penzaba que te iba á valé conmigo la sancaíya, como con el otro de ayé?
Y Pablo, mordiéndose los nudillos de coraje, detestando á aquel hombre provocativo, y con fuerzas y valor para luchar con él, no se atrevía á acercársele, porque... porque tenía miedo, así como suena; pero miedo á su navaja, cuyo aspecto le repugnaba como el de un bicho venenoso.
—¿Vienej’... ú voy?—dijo el bravo dando un paso hacia Pablo. Este dió otro también... hacia atrás.
—¡Cobarde!—gritó, al notarlo, el Sevillano.
Aquella palabra penetró como un bisturí en todas las fibras del mozo... pero no le hizo moverse del sitio que ocupaba. Un sudor frío le bañaba el rostro, y el corazón le aporreaba las paredes del pecho, como si protestara contra la cordura de la cabeza.
Los espectadores de la escena estaban aterrados y gritaban á Pablo que huyera, porque no era igual la lucha; con lo que iban subiendo de punto los atrevimientos del matón, que llegó á hablar así, dando otro paso hacia el ofuscado joven, el cual también dió otro... hacia atrás:
—No quiero tu vida, que ya veo la mala calidá que tiene; pero te voy á pintá un muñeco en la jeta pa que le llevej’ á la boa el día que te cazej’, y tenga la moza argo güeno que mirá en tí.
¿Han visto ustedes saltar un tigre?... digo, ¡qué han ver, ni Dios lo quiera! pero lo habrán oído ó lo habrán visto pintado. Pues como salta un tigre, rápido, fiero y gallardo sobre su presa, así saltó Pablo sobre el atrevido jaque tan pronto como le oyó mezclar en sus bravatas lo que él guardaba en el relicario de su pecho. Cañones que le hubieran puesto delante, no habrían conseguido detenerle en su ímpetu sublime.
Al ver al uno en brazos del otro, y la navaja aparecer y desaparecer entre ambos, alborotóse la gente espantada; acudieron nuevos curiosos de la vecindad, y entre ellos Juanguirle, que se abalanzó á los combatientes. Pero no era necesaria su ayuda. En pocos momentos desarmó Pablo á su enemigo; le sopapeó, le revolcó en el fango, volvió á levantarle asido por las greñas, le dió dos puntapiés, y arrojó el arma vil á una poza, mientras el valiente, huyendo del alcalde que se empeñaba en prenderle, y de la rechifla del público, corría que se las pelaba, escupiendo basura y chocleándole los zapatos llenos de agua sucia de la charca.