—Por última vez te pido—respondió Pablo, verde y convulso,—que me dejes pasar.

Á lo que respondió el Sevillano con burlona sonrisa y fuerte voz:

—Jindama ze llama ezo en la tierra é lo valientej’ onde yo juí el amo.

Pablo no apartaba un punto de su memoria la pasada desazón con su padrino, el disgusto y las reprimendas de su padre, sus compromisos, sus propósitos... Todo lo tenía presente y todo pesaba sobre su razón, hasta entonces dueña y soberana de él; pero aquella provocación, dispuesta sin duda por el mismo diablo, en el punto en que había llegado á ponerla el atrevido, era mucho más de lo que se podía sufrir con paciencia y delante de testigos. Cególe la indignación; crujieron sus puños y sus dientes apretados; olvidóse de todo menos del miserable que le provocaba, y díjole, en una actitud que le hizo dar un salto atrás:

—¡Fuera de ahí!

El Sevillano no contaba seguramente con aquella rápida mutación que le causó tan descomunal efecto. ¡Quién sabe el partido que hubiera tomado entonces el valiente al hallarse á solas con Pablo! Pero el duelo era público, y había que sostener la fama de cualquier modo, por vil que fuera.

Al saltar hacia atrás llevó las manos al ceñidor; y, sin perder de vista á Pablo, tiró de la navaja, la abrió rápidamente y se puso en actitud de defensa. Entonces fué Pablo quien retrocedió á su vez, al brillo repulsivo de aquella arma innoble, que le hirió la vista como la luz de una centella. Al mismo tiempo lanzaron un grito las mujeres que presenciaban la escena. Eso buscaba el valentón: imponerse por el espanto.

En cuanto se vió dueño del terreno, parecía que con manos, ojos y boca deshacía y devoraba el mundo entero. ¡Qué ademanes! ¡qué gestos! ¡qué miradas!

—¡Aquí ze ven lo guapo, zeñó futraque! ¿Pa qué jué el impétu?... Otro arrempujonsiyo; y aunque zea poco á poco, ayégate acá... ¿ú quierej’ un calezín pa vení ma repozao?

Así hablaba el jandalete, mientras Pablo luchaba entre el deseo que tenía de acogotarle, y el horror que le infundía el arma de los presidiarios.