—Y ¿quién te le cierra?

—Tú.

—¿Y pa cuándo e la voluntá e l’ hombre?

—Para cuando se necesita, como yo la necesito ahora; no para pasar, sino para dejar de hacerlo. ¿Quieres más?

—¿No lo eztá viendo, nene?

—¿Buscas quimera?

—¡Zi de ezo vivo!...

—Pues yo no la quiero.

Todas estas respuestas de Pablo las tomaba el Sevillano por encogimientos del espíritu; y en tal creencia, envalentonábase, y á una provocación añadía otra más irritante. Como llegó á alzar mucho la voz, los pocos transeuntes que asomaban por las callejas inmediatas deteníanse con la azada ó el rozón al hombro, á ver y oir; y también salieron al portal ó á la ventana gentes curiosas de las casas más próximas. Por fortuna para el Sevillano, todos estos testigos eran mujeres, viejos y muchachos, entre quienes el recuerdo de la víspera no había de producir un acto vengativo. Seguro de esto, complacíale la presencia de todos, porque iban á ser testigos de la humillación de Pablo y, por ende, de su bravura sin rival, puesto que Pablo había vencido el día antes al hombre más fuerte de la comarca. Redobló, pues, sus provocaciones, y llegó á decir á Pablo, cuadrándose delante de él:

—¡No ze paza po aquí!