Se necesitaba ser de hielo para que una actitud, una mirada y unas palabras como aquéllas, se quedaran sin respuesta. Pablo, temblando de pies á cabeza, no de miedo, sino de ira, pero con la voluntad refrenada, se detuvo también y respondió:
—En verdad que no es poco lo que te dijera, si de decir lo que siento tratáramos ahora.
—Po míate tú: yo me peresco por platicá con loj amigo. Con que venga de ahí, que pa ezo e la lengua e la boca.
—Calla la tuya y aparta á un lado, que voy de prisa.
—En el moo e abrirze camino ze conoze el temple e la prezona. Pero ya ze ve, ¡como no tenemoj ahora quien nos guarde la eparda como teníamoj ayé, no gayeamo tanto!...
—Y tú ¿qué sabes lo que pasó ayer?... ¿Dónde estuvistes?
—Librando á Cumbrale de una banduyá, con no meter en zambra la jerramienta... ¡Ayí eztuve!
—¡Como las liebres, debajo de los posarmos!
—Camará, ¿ezo e china tirá á la jeta?
—Esto es advertirte que te conviene menos que á mí alargar la plática. Con que déjala donde está, y sigue tu camino para que yo siga el mío.