MIEL SOBRE HOJUELAS

El temporal siguió reinando hasta cerca de media noche. Á esa hora se corrió el viento al Norte, cesó el agua, rasgáronse los nublados, fuéronse adelgazando por momentos; y cuando apareció el sol del nuevo día, desplegó el lujo de sus rayos en un cielo sereno, azul y limpio como el cristal de un espejo. Pero la brisa terral era fría y húmeda; los tejados de Cumbrales relucían; los bardales goteaban; las callejas eran charcos; las praderas brillaban como sartas de rica pedrería, y comenzaba á oirse por las barriadas del pueblo el clan, clen de las herradas almadreñas de los transeuntes, entre los que apenas se veía uno sin negros cardenales ó arañazos en la cara, muestras dolorosas de la refriega del día anterior.

Á media mañana salió Pablo de su casa en dirección á la de Nisco, á cuyo lado había permanecido la noche antes con Catalina, que no se apartaba un punto de allí, hasta que el mozo se despejó y pudo conocerse la importancia de la herida.

Este suceso, desde el momento de su ocurrencia, así como el recuerdo de los que le habían precedido, traíanle caviloso é indignado por todo extremo; pero aún le mortificaba más la cola que trajo para él su intervención personal en la batalla.

No hubo modo de ocultárselo á don Juan de Prezanes; y no bien lo supo, fuése á casa de don Pedro Mortera, donde ya se hallaba éste con su hijo tranquilizando á su madre, á María y á Ana, que también estaba allí: las tres le contemplaban y le oían acongojadas y suspensas. La entrada del jurisconsulto fué airada y sombría, como celaje de tormenta. Increpó duramente al joven por haberse mezclado en un revoltijo tan indigno de un hombre de sus condiciones, y en ocasión tan reñida con calaveradas de semejante jaez. ¿Qué idea tenía de la seriedad del trance en que estaba empeñado con él, con Ana y con su propia familia? ¿Pensaba entrar con aquellos resabios de una fatal educación, por una tolerancia mal entendida, en el nuevo hogar, donde su hija debía ser reina y no mártir? Y así por el estilo.

Respondió Pablo como pudo y como lo sentía; replicó don Juan irreflexivo y cáustico; intervino don Pedro, herido por las intemperancias de su compadre, tras de apenado más que él por el suceso; enfurecióse el otro... y se armó la gorda. El resultado fué que don Juan de Prezanes salió, echando chispas, de casa de su compadre, llevándose á Ana consigo y quedándose los demás atribulados y mustios.

Así estaban las cosas cuando iba Pablo á casa de Nisco, maldiciendo la casualidad que le había hecho intervenir en la batalla, y prometiéndose, para en adelante, huir, como de la peste, de toda ocasión que pudiera acarrearle disgustos semejantes.

Y andando así, al revolver un recodo de la calleja, enfrente de la barriada en que vivía Juanguirle, se encontró tope á tope con el Sevillano. Toda la sangre del corazón sintió Pablo que le subía de un salto al cerebro cuando se vió tan cerca del traidor que, según se afirmaba ya por todos, había herido á Nisco y quizá provocado, con sus consejos á Chiscón, el conflicto del día antes. La ira le hervía en el pecho, y la indignación le impelía y le tentaba; pero el propósito que había formado le contuvo y quiso seguir su camino sin darse por enterado del encuentro. Creíase el Sevillano, como todos los bravucones de su ralea, en el imprescindible deber de medir con los ojos, con aire de perdonavidas, á todo hombre que á su lado pasara, en paz y en gracia de Dios, se entiende. Con doble motivo debía de hacerlo con Pablo, á quien detestaba por su valentía del día antes y por otras razones más; y eso hizo en aquella ocasión el matasiete de Cumbrales en cuanto notó que el joven se inmutaba y volvía la cabeza por no verle, señales de timidez y apocamiento, á juicio del jandalete; por lo que, no contento con mirarle burlón y desdeñoso, se puso en jarras delante de él y le dijo contoneándose:

—¿Tenía osté algo que ecirme, camará?