La gente se amontonaba en el portal de la taberna y en el de la iglesia, y toda ella era de Rinconeda: los hombres, desgreñados, rotos, sucios de fango y de verdín, con las caras borrosas, hinchadas, tintas en lodo y en sangre; las mujeres, en refajo, con las sayas vueltas sobre la cabeza. Unas y otros inmóviles, taciturnos y con los ojos fijos en las goteras del corral y el oído atento al rumor de la lluvia.
En el portal de Tablucas había gente de Cumbrales. Allí se metieron los cuatro sujetos de marras, y allí aprendieron que la pelea había cesado cuando el agua no cabía ya en canales; es decir, según se calculó en el acto, poco después que ellos salieron de la choza de la Rámila, justamente cuando ésta debió de acabar el prometido conjuro; conjuro que, sin duda, armó el temporal que estaba reinando, como se arman siempre que los demonios andan por la tierra desencadenados, ya por obra de hechicerías, ya por gracia del hisopo. Deshecha la maraña del Campo de la Iglesia, Resquemín tuvo el buen acuerdo de encerrar en la taberna á los hombres de Cumbrales que en ella se refugiaron, para separarlos de los de Rinconeda; otros corrieron á sus casas, y el resto de la gente se guareció en la de Tablucas por no mezclarse con el enemigo que asubiaba en el portal de la iglesia.
—¡Y negaréis entoavía que esa mujer es el mesmo demonio!—exclamaba Tablucas, después de oir los relatos y las conjeturas de los cuatro sujetos.—¡Y no tendré yo razón para jurar que ella es quien me golpea la puerta y se planta en ese murio en fegura de perro!... ¡Y la dejestis con vida!... ¡Córcia, si soy yo que vusotros, allí finiquita hoy!... Y pué que vos pese no haberlo hecho; que la que es mala por el gusto de serlo, ¿qué no será cuando la ofenden? En éstas y otras tales, arreció el viento sin disminuir la lluvia; y como éstos son signos de durar la tormenta, y la noche se venía encima, los de Rinconeda, después de breve consulta, salieron de sus refugios y emprendieron la marcha hacia su lugar, entrando en las pozas por derecho y sin tratar de defenderse contra el diluvio que los empapaba y el viento que los embestía de frente, porque hubiera sido trabajo inútil, amén de embarazoso. ¡Cómo volvían escurridos, sucios, desaliñados, taciturnos y maltrechos aquellos mozos que, horas antes, habían venido emperejilados, alegres, sueltos y provocativos! Acaso, mientras caminaban en fila, como ratas huyendo de la inundada alcantarilla, pensaban en que sus hogares podían ser asaltados por el torrente que bajaría ya de las laderas; y este pensamiento los espoleaba. ¡Justo castigo de sus malos deseos de la mañana, cuando el Sur levantaba en vilo los tejados de Cumbrales! No iba Chiscón en aquella triste caravana, ni se le había visto en el pueblo desde mucho antes de acabarse la refriega.
Del Sevillano nadie supo dar noticias ciertas. Aseguróse por la noche en la taberna de Resquemín que había desaparecido del corro tan pronto como se armó la sarracina. Muchos temieron entonces los estragos de su navaja; pero nadie le vió entre los combatientes. Sin embargo, se afirmó, con el testimonio de Bodoques que le columbró desde lejos, que él fué quien agazapado entre unos posarmos, detrás de la pared de un huerto, hirió á Nisco con la piedra arrojada desde allí; y aun juraba Bodoques, según el narrador, que el tiro no iba al hijo del alcalde, sino á Pablo, por el modo que tuvo el Sevillano de hacer la puntería. Verosímil pareció la hazaña en quien fué capaz de presentarse en Cumbrales al frente del enemigo invasor; y bien hizo aquella noche el traidorzuelo en no aportar por la taberna, porque toda su fama tremebunda no Je hubiera librado de una mano de leña como para él solo.
Excusado es advertir que se hizo público allí el caso de la Rámila, el cual acabó de afirmar entre aquellas gentes su opinión de bruja rematada; y Dios sabe lo que hubiera sido en caliente, de la infeliz, á no estar la noche tan fría y tempestuosa.
Sobre el estado de Nisco se contó mucho y muy contradictorio: desde darle por muerto, hasta creerle ya sano y de pie. Á última hora entró una vecina suya en busca de vino blanco para ponérselo, con aceite y romero, en paños sobre la herida. El bravo mozo había recobrado el conocimiento y estaba fuera de todo peligro.