—¡Pamemas por salvar el pellejo!

—¡Es que si no vos vais, aunque me quitéis aquí la vida aquello no acabará!

—¿Y si se nos engaña con la promesa?

—Si vos engaño, almas de Dios, con volver acá y hacerme trizas, está la deuda finiquita. ¡Á bien que naide vos ha de pedir cuentas de la fechuría!

Se miraron otra vez los cuatro, como en consulta, y entendiéronse con los ojos. Uno de ellos tomó la voz de los demás y habló así:

—Trato hecho: si al llegar al Campo de la Iglesia nusotros no está la gente en paz, llame usté á Pateta que la socorra, porque no le queda otro santo que la ampare contra la ira de todo el pueblo.

Dicho esto, salieron á buen paso. La lluvia, hasta entonces contenida, comenzaba á formalizarse; los achubascados celajes se extendían en todas direcciones, y el aire refrescaba. Sin levantarse del suelo, dió la Rámila gracias á Dios por haberla sacado con vida del primer trance, y discurrió el modo de conjurar el último y el más grave. Incorporóse después; se aliñó lo mejor que pudo; se echó otro refajo sobre la cabeza; cubrió con ceniza la mortecina lumbre, y salió de la choza. ¿Á dónde? Á donde hubiera un poco de caridad; á casa de don Pedro Mortera; á la del señor cura... á esconderse donde no la delataran si, al llegar los cuatro forajidos al Campo de la Iglesia, la batalla no se concluía.

Trancando estaba la puerta por fuera, cuando la lluvia espesó de tal modo, que la anciana tuvo necesidad de volverse á la choza mientras aquello pasaba. Pero el aguacero continuaba espesando á toda prisa; y espesando, espesando sin cesar, acortábanse los horizontes; dejaron de verse todas las montañas; después todos los montes; después los cerros; después los confines de la vega; luégo la vega misma; después la iglesia, y los árboles, y las casas... y, en fin, todo menos la braña y los cercados más próximos á la choza. Cada hondonada era un lago; cada roderón un torrente. Mirando al cielo, parecía que de él bajaban líquidos cables, gruesos y apiñados; ensordecía el ruido de aquella inmensa cascada, y el agua que rebotaba al llegar al suelo la que vertían las nubes, era otra lluvia hacia arriba, contra la que no hay defensa fuera de techado. Pero hasta entonces llovía sereno y á plomo; gustaba ver aquellos chorros infinitos cayendo rápidos, sonores é incesantes, como gusta y entretiene en el silencio de la noche la llama del hogar lamiendo las negras paredes de la chimenea.

De pronto hubo una virazón al Noroeste; rugió el vendaval arisco; llevóse por delante el diluvio; azotó con él muros y terreros; revolcó las copas de los bardales en las charcas de las callejas; tumbó cuanto el Sur de la mañana había dejado vacilante y removido; la noche anticipó media hora su venida; y la Rámila, tranquila por entonces, cerró por dentro la puerta de su choza, volvió á atizar la lumbre y se acurrucó junto á la llama sin quitarse el refajo de encima de los hombros, porque empezaba á sentirse el primer frío del invierno.

Cuando los cuatro sujetos que la habían atormentado llegaron, echando los bofes y calados hasta los huesos, á dar vista al Campo de la Iglesia, ni huellas de lo ocurrido quedaban en él. El agua corría por todas las camberas, se desbordaba en los senderos profundos, y saltaba y hervía en los llanos al impulso de la que seguía cayendo.