El apego á la miserable vida la inspiró un recurso.
—Dejáime un instante, que yo pueda hablar,—dijo á los dos verdugos.
Aflojaron éstos los dedazos, y habló así la Rámila, sentada en el suelo, con los mechones grises sobre la faz amarillenta y afilada, y el mísero jubón desabrochado y roto, obra todo de aquellos bárbaros:
—¿Creéis de veras que yo soy bruja?
—Como nos hemos de morir,—la contestaron.
—¿Y estáis seguros de que mi poder basta para poner en paz á los que riñen en el Campo de la Iglesia?
—Como lo estamos de que usté fué quien armó esa guerra.
—¿Arméla desde allá?
—No, desde aquí mesmo, porque de aquí no ha salido esta tarde, por las trazas.
—Esa es la verdá, hijos míos. Dios me mate si de esta choza he salido desde que vine de misa esta mañana. Pues desde aquí tiene que ser el conjuro. Dejáime que le haga, y dirvos vusotros. Yo vos aseguro que cuando allá lleguéis, todo estará en paz.