En fin, que todo era paz y alegría entre aquellas gentes, y hasta se habían fijado las bodas para el día en que Pablo se viera completamente restablecido (restablecimiento que ya daba el convaleciente por alcanzado), cuando olió don Valentín lo de allende los montes, por más empeño que puso Juanguirle en que ignorara lo que de oficio le había dicho su colega de Praducos. Pero ¿dónde se movería el perjuro que no lo advirtiera el oído sutil del veterano de Luchana, que sólo vivía para odiarle y para combatirle?

No bien averiguó lo de Coloños, voló á casa de Juanguirle. Le preguntó, le increpó y hasta le excomulgó; pero sólo burlas y malas razones pudo obtener del alcalde de Cumbrales. Entonces corrió á la villa, y asaltó el despacho de don Rodrigo Calderetas.

—Ahora—le dijo sin preámbulos ociosos,—todos ustedes son unos; don Pedro Mortera no podrá negarse á tomar en cuenta las indicaciones patrióticas que usted le haga, ni usted á hacérselas en vista de la gravedad de los sucesos que tenemos encima.

—Cierto es—dijo el caballero,—que ustedes y nosotros estamos amenazados de una invasión á la hora menos pensada; pero es también un hecho que las fuerzas se han subdividido...

—Tanto mejor para vencerlas, señor don Rodrigo.

—No hay necesidad, don Valentín, de tomarlo tan por lo serio, puesto que siendo grupos insignificantes los que merodean por ahí, no son de temer extorsiones de gravedad. Piden unas cuantas raciones, se les dan... y se van tan contentos. Esto es mucho más sencillo y conveniente que una resistencia armada que puede costar perturbaciones y sangre. Ya ve usted cuántos más elementos hay aquí que en Cumbrales para resistir, y cuánta mayor responsabilidad adquirimos ante la historia nosotros que ustedes, y, sin embargo, á nadie se le ha ocurrido aquí apelar á medidas extremas que...

—Yo, señor don Rodrigo—expuso don Valentín, comprimiendo la ira que ardía en su pecho,—no tengo nada que ver con lo que en esta villa se haga en el caso de que se trata. Impórtame sólo la honra del pueblo en que nací, y esa es la que quiero salvar... porque debo salvarla. Don Pedro Mortera es el único hombre que en Cumbrales puede llevar á buen término mis propósitos; usted puede hoy mover el ánimo de mi convecino, y al mismo tiempo hacer que don Juan de Prezanes acabe de ponerse á mi lado, porque lo uno ha de venir como consecuencia de lo otro. Del pie que cojea el don Pedro, no lo ignora usted, y aquí mismo hemos hablado de ello los dos, no hace mucho tiempo, con leal franqueza...

—Se hablan muchas cosas, señor don Valentín, con sobrada ligereza, aunque la lealtad mueva los labios y esté el corazón henchido de los más hidalgos sentimientos. Verdad que hablamos algo de lo que usted dice; verdad que apoyé entonces, hasta cierto punto, las nobles miras de usted; cierto que se las recomendé, digámoslo así, al señor don Juan de Prezanes... pero hay circunstancias en la vida... y no siempre los informes son exactos; la lealtad se engaña muchas veces, y los caballeros, como yo, estamos expuestos á padecer alucinaciones...

—Es decir, que don Pedro Mortera, para usted, es hoy muy distinto de lo que fué ayer... En plata, que ya es liberal y trigo limpio.

—Quizá, quizá, señor don Valentín.