—¡Cómo había de resultar otra cosa!—exclamó el héroe, con la sonrisa más burlona que puede imaginarse, y un brío impropio de sus muchos años.—¡Cómo había de salir cosa mala un consuegro ricachón!
—¡Señor Gutiérrez!...
—¡De la Pernía, señor de Calderetas!—corrigió don Valentín, alzándose sobre las enjutas piernas.—Y entienda usted que para cantar ahora esos laúdes, no había para qué entonar el otro día tantos vituperios... Fortuna que sé yo demasiado á qué atenerme.
Y con esto salió don Valentín de casa de don Rodrigo Calderetas, sin tomarse el trabajo de despedirse de él.
Husmeando en la villa luégo, fué llenando de pormenores el saco de sus noticias; y tan atacado le puso y tal se convenció de que el peligro no daba ya instante de espera, que se vió á punto de que le faltara el resuello á medio camino de su casa.
¡En qué estado llegó! Jadeante, amarillo y desencajado; con el sombrero en el cogote, el bastón al hombro, los ojos encandilados y los pábilos con espuma. Era media tarde, no había comido aún, y se negó á probar las sobras de la comida de su hijo, que Sidora le había guardado. Se encerró en su cuarto, arrojó el sombrero y el bastón sobre la cama, y se sentó á descansar en una silla vieja. No había otra mejor allí.
Á los pies de la cama había una percha de castaño negro y apolillado ya; sobre la percha, un guardapolvo muy ancho, y sobre el guardapolvo, entre dos viejas sombrereras de cartón, una caja de pino, más alta que ancha, con tapadera sujeta con un cordel. En aquella caja clavó la vista don Valentín en cuanto se sentó á descansar, y de aquella caja se apoderó, empinándose sobre la silla, tan pronto como no le fué necesaria para reposo de su cuerpo fatigado.
Desatado el cordel y alzada la tapadera, sacó á pulso el héroe un morrión descomunal, envuelto en Gacetas arranciadas. El morrión era de herrada, más ancho de arriba que de abajo, de felpa algo raída y marchita de color, y con grandes chapas y carrilleras de metal. Después de colocar con mucho mimo sobre la cama el morrión, don Valentín abrió un cofre que había en otro rincón de la estancia. En aquel cofre estaba el resto del uniforme: una casaca azul de faldones muy largos y talle muy corto, vueltas amarillas (el veterano había servido en fusileros) y acribillada de botones en las picudas solapas; un pantalón de dril blanco; dos charreteras con flecos de cordoncillo de plata, ennegrecidos, mohosos y de un palmo de largos; un sable envainado, con su correspondiente tahalí, y un pompón, amarillo también, como de media vara de alto, envuelto en dos bulas de la Cruzada.
Todo lo fué colocando en el orden debido sobre la cama, y para cada pieza tuvo un requiebro de amor y de entusiasmo su boca balbuciente. ¡Cuántos años hacía que su cuerpo no se envolvía en aquellos arreos marciales! ¡Quién le diría á él que aquellas reliquias del tiempo de sus glorias habían de volver á salir á la luz del sol, precisamente para ahuyentar al «monstruo de la tiranía,» á quien él mismo había enterrado en Vergara!
En fin, que se quitó el casaquín y los calzones, y se encasquetó el uniforme sobre la escasa ropa que le quedaba encima del rugoso pellejo. Pero ¡cuánta sobra veía por todas partes! ¡Cómo se le hundía el chacó y le hacían alforjas la casaca y los pantalones! Todo había mermado en el héroe; todo menos el corazón, que le tenía tan grande y tan lleno de amor á la causa de la libertad, como en los albores de su juventud.