—No hay remedio—discurría mientras atacaba de papeles la badana interior del morrión, añadía ropa vieja al peto de la casaca y colgaba las prendas de la paz en la percha de castaño:—me declaro á mí mismo en estado de guerra, y publico yo solo y para mí solo la ley marcial... Haré el último esfuerzo para adquirir auxiliares; y si no los hallo, yo seré general, y ejército, y hasta plaza fuerte; y después... ¡á vencer ó morir!... ¿De qué lado vendrá el enemigo? No lo sé. ¿Qué fuerza será la suya? No debe importarme. Sé que anda cerca y que puede estar aquí á la hora menos pensada, y esto me traza la senda. Á ello me atengo, porque ese es mi deber. Sabré cumplirle.

Iba anocheciendo ya. Sidora había salido de casa, y don Baldomero no había vuelto á ella. Apareció don Valentín en la sala armado de pies á cabeza. Se cuadró delante del retrato de Espartero; desenvainó el sable; presentóle como cuando pasa el rey; después saludó marcialmente, describiendo en el aire ancha curva con la bruñida hoja; giró hacia la derecha sobre sus talones; envainó... y fuése.

Media hora después aparecía en el despacho de don Pedro Mortera, el cual personaje se creyó bajo el imperio de una pesadilla, al contemplar la extraña catadura del que se le puso delante.

Don Valentín habló así, temblando de emoción y de fatiga:

—Mi ansiedad y este equipo en que vengo, le dicen á usted, señor don Pedro, que no hay tiempo que perder y que es llegada la hora de hacer un esfuerzo, si ha de hacerse. El enemigo puede venir, vendrá, de un momento á otro, y no hay que contar con que la autoridad de Cumbrales se aperciba á la defensa... Á usted acudo, por última vez, á pedirle una parte, por mínima que sea, de su legítimo influjo sobre estas gentes pacíficas, para que me ayuden en la empresa que estoy resuelto á acometer. Con ese auxilio, y con el que obtendré seguramente del señor don Juan de Prezanes...

—¡El auxilio de don Juan de Prezanes!—exclamó don Pedro Mortera mirando con asombro á don Valentín.—¿En qué se funda usted para creer que le obtendrá?

—En que no se resistió á concedérmele cuando otra vez se le pedí.

—Mentira.

—¡Señor don Pedro!... ¡Yo no miento nunca!

—Pues vaya usted á pedírsele, y déjeme en paz.