—Sí, señor, que iré... y me le concederá, por lo mismo que usted me le niega. Cuento con él, porque me le ha ofrecido y es caballero... y muy liberal.

—Pues será tan mentecato como usted si le ha oído con paciencia, y loco rematado si le aplaude.

—¡Ira de Dios! Si eso es ser loco, ¿dónde está la cordura?

—En quien, teniendo atribuciones para ello, se apoderara de usted ahora y le encerrara en una jaula, antes de que con sus majaderías produzca una ociosa alarma en el pueblo.

—Esa es la justicia de los tiranos: amarrado el mastín, y suelto el lobo entre las ovejas.

—Todo lo que usted quiera, con tal que me deje en paz inmediatamente.

—Eso es echarme de casa.

—Figúrese usted que sí, y buenas noches.

—¡Yo no hago eso con nadie, señor don Pedro!

—Yo con todos los que vengan á molestarme con locuras como la de usted.