El pobre don Valentín ya no supo qué replicar á esto, porque no se le ocurrían sino improperios, y no se atrevía á soltarlos, ni estaban su boca balbuciente ni su pecho jadeante para meterse en recias disputas. Conformóse con apretar los puños y mirar fiero y torcido á don Pedro Mortera, y se largó, poniéndole entre mandíbulas (pues ya se ha dicho que ni raigones tenía en ellas) de tirano, servilón y mal patriota, que no había por dónde cogerle.

¿Quién sabe lo que anduvo después, de puerta en puerta, predicando aquí, amenazando allá: al uno porque era joven y debía toda su sangre á la patria; al otro, porque tenía hijos á quienes dar ejemplo de independencia y valor; á éste, porque estaba amenazado su hogar de un atropello; á aquél, porque su novia y su hija podían ser presa de los «inmundos chacales!»... Pero nada consiguió sino servir de espectáculo á las atónitas gentes, con su pompón cimbreante, su morrión descomunal, sus charreteras lacias, sus faldones inmensos y su pantalón blanco salpicado del lodo de las callejas, ¡en tal mes, á tales horas y con la helada que estaba dejándose sentir!

Eran cerca de las nueve de la noche cuando llegó á casa de don Juan de Prezanes, último refugio de sus mortecinas esperanzas.

Hay que advertir que, á la sazón, se disponía el bueno del jurisconsulto á ir á buscar á su hija, que aún estaba en casa de don Pedro Mortera, entregada á los sabidos afanes de costura. Don Juan se había despedido de allí aquella tarde algo amostazado, porque su compadre le hizo la contra en no sé qué pequeñeces, con no sé qué palabras y qué gestos; gestos y palabras que le traían mareado desde que se había encerrado en su casa, dándolos vueltas en el magín; y claro es que cuanto más lo revolvía en aquel horno, más le caldeaba y más burlón y más dominante iba pareciéndole don Pedro Mortera. De modo que volvía á casa de éste de muy mala gana, y sólo porque se lo había prometido á su hija que le esperaba allí. En este propósito y con un humor endemoniado, le halló don Valentín. No fué menor el asombro que le produjo la rara silueta del héroe, que el causado en cuantas personas le habían tenido delante aquella noche. Dijo el pobre hombre qué pensamientos le sacaban de casa á tales horas y en aquella guisa, y se asombró más don Juan y le tuvo lástima.

—¡Es posible, don Valentín—exclamó,—que hasta ese punto le enardezca á usted su manía?

Precisamente lo que no comprendía don Valentín era que se llamara manía á su ardimiento patriótico, y que se asombrara nadie de su bélica actitud enfrente del enemigo. Respondió en este sentido al jurisconsulto, y añadió:

—No hay para qué hablar más en demostración de esta verdad palmaria, no hace mucho tiempo aceptada por sus amigos de usted... y aun por usted mismo.

—¡Por mí?

—Por usted no fué negada al menos, cuando le pedí su apoyo con la recomendación del señor don Rodrigo Calderetas; apoyo que tampoco le pareció entonces cosa del otro jueves... Verdad que estaba de por medio el señor don Pedro Mortera, á quien tratábamos de combatir. Hoy han variado las circunstancias, bien lo veo, y con ellas el fondo de ciertas personas á los ojos de otras.

—Señor don Valentín, hoy, como ayer, don Pedro Mortera es un caballero, mi mejor amigo, casi mi hermano. Si tiene sus debilidades, yo tengo las mías también; pero ésta es cuenta para ajustada entre él y yo solos, si lo tenemos por conveniente.