—¡Ya lleva lo que necesita, córcia!—exclamó Tablucas cuando se cercioró de ello, y no le vieron tampoco su mujer y sus hijos, que subieron al desván inmediatamente.—Lo peor es que de la escopeta no queda más que esta pizca; pero él se empeñó en cargarla tanto, y con su pan se lo coma.
Un muchacho tropezó luégo con el resto del arma en un rincón del desván. No había reventado el cañón; solamente se había partido la caja, y esto afirmó á Tablucas en la idea de que el tiro no se había extraviado en el camino que llevaba.
Que el suceso causó verdadero regocijo en la familia, no hay que decirlo. Hasta se atrevió Tablucas á salir fuera de la portalada, pensando hallar al perro descuartizado al pie del murio.
—Aquí hay unos cantos que antes no había; pero no hay señal de perro, muerto ni vivo—dijo la mujer, que le acompañaba.—¡Toma!... ¡y son los de arriba que ya no están allí!
—Habrán caído con el perro—contestó Tablucas con el mayor convencimiento.—Y el que él no esté aquí, no te pasme, ¡córcia! que esas gentes no fenecen como nusotros, y suelen convertirse en jumera hidionda... Pus mira que algo de ella me da en la nariz, ó yo no sé agoler ya... De toas suertes, mañana amanecerá Dios y se verá lo cierto. ¡Ah, córcia, lo que va á verse!
Ahora comprenderá el lector por qué á Tablucas le causaron tan honda impresión las noticias que de la Rámila le dió el alcalde.
Llevólas á casa y después á la taberna, muy en confianza; y como aquella noche, aunque alumbró la luna, ni hubo tamborilazos á la puerta ni perro en el murio, afirmóse más Tablucas en sus trece, y fué rodando la bola, y todo Cumbrales lo supo al día siguiente, y muy pocos dejaban de creer que lo que á la Rámila le dolía era el metrallazo de Tablucas.
Mas el triunfo de este pobre hombre no fué completo. Había logrado demostrar que la bruja no era invulnerable; quizá dejar descubierto un camino por donde otros podían llegar hasta matarla, ó matar á otras tan brujas como ella; pero la Rámila vivía; y aunque en el murio no se la vió más ni en la puerta se oyeron sus garrotazos, la bruja no podía dejar de vengarse; y el temor de aquella venganza fué el espadón que tuvo sobre su cabeza el pobre Tablucas; temor tan insufrible como las apariciones del perro, hasta que Dios dispuso de la infeliz anciana y se la llevó á mejor vida que la que le cupo en suerte entre los crédulos campesinos de Cumbrales, que no se han curado todavía, ni se curarán jamás, de esas flaquezas, como tantas otras gentes que no son de Cumbrales, ni montañesas ni campesinas.