—Apunta bien y á cañón posao—le dijo al entregarle el arma:—de oreja á paletilla; que en estos casos no está el mal en tirar al enemigo, sino en dejarle vida para vengarse... ¡Jinojo!
El mismo Resquemín cargó la escopeta con un puñado de pólvora y medio maquilero de metralla. Un palmo asomaba la baqueta fuera del cañón después de apretado el último taco. Puso también la cápsula en la chimenea, y, por si faltaba, dió á Tablucas media docena de ellas.
Pues, señor, que se fué Tablucas á casa al anochecer, precisamente cuando el pobre don Valentín salía de la suya á la del alcalde. Reunió la familia en la cocina; declaró ante ella su pensamiento, y terminó el discurso con estas palabras:
—Porque, hijos míos, esta vida no es para llevada mucho tiempo; y aquí traigo la muerte ó la salvación de todos. Si retingla mucho, taparvos las orejas... lo peor será para mí; pero lo que es tirar, ¡córcia! lo que es tirar, tiro, aunque se me venga la casa encima.
Después se trató de cenar: ¡para cenar estaba la familia de Tablucas! Así como así, no había qué, sino un poco de borona fría y unos cascos de cebolla. De modo que cuando salió la luna y se oyeron los tamborilazos á la puerta, y, entre la consternación de su mujer y sus hijos, empuñó la escopeta y subió al desván Tablucas, casi podía éste comulgar. ¡Y bien le hubiera venido al pobre, según lo trasudado, amarillo y congojoso que iba!
Por último, se acercó á la ventana, se tumbó en el suelo boca abajo, y por una rendija muy ancha miró... ¡Allí estaba el perrazo, mitad blanco, mitad negro, con la boca abierta y los ojos saltones, fijos en la ventana; de medio adelante, echado sobre las manos tendidas; de medio atrás, empinado y con el rabo tieso, en actitud de lanzarse sobre la presa á la menor provocación! Tablucas cerró los ojos y pensó desmayarse. Luégo se reanimó un poco.
—Veamos—se dijo,—qué cara me pone, haciendo que tiro.
Y sacó con mucho pulso el extremo del cañón por la rendija; le apoyó en la misma tabla; hizo la puntería... y nada: el perro inmóvil como un canto. Alentó aquello al hombre; resolvióse; apuntó donde le dijo Resquemín, y ¡Virgen de los Milagros, qué estruendo bajo aquel techo carcomido! ¡qué llover cascotes el tejado, y qué rodar Tablucas por el suelo con una astilla de la culata en la mano, única porción que á la vista quedaba de la escopeta, tan bestialmente cargada por el tabernero!
Aquel tiro fué el que se oyó casi al mismo tiempo que los otros dos enderezados á don Juan de Prezanes.
Pero el perro no estaba ya en el murio.