—Eso afirma, y verdad será; no porque lo que yo he visto no pudiera ser lo mismo de arma de fuego, y de refilón, según está el pellejo como una criba.

—¡De arma de fuego!... ¡de refilón! ¡María, Madre de gracia!... ¡Córcia!... ¡córcia!... ¡córcia!

—¿Qué mil demonios de piojera te roe, que no paras, alma de Dios?

—¡No es cosa, no es cosa!... Es que ando yo así tiempo hace; y luégo ¡tanto se corre hoy de unos y otros!... Y ¿no barrunta ella cómo fué?

—¿Pues no te lo relato punto por punto? ¿Á que acabas por llorarla después de haberla plagado de maldiciones? ¡Por vida del chápiro verde, que si te entiendo me atenacen!

—¡Córcia!... ¡y luégo dirán de uno que si torna, que si vira!... ¡La luz mesma no es más clara que ello! ¡María Santísima de la Encarnación y el Sursumcorda Paráclito y Unigénito!...

Esto dijo Tablucas santiguándose aturullado y tembloroso; se volvió hacia su casa, y apretó á andar, sin despedirse del alcalde que le vió alejarse, santiguándose de asombro, á su vez.

¡Era muy singular aquel Tablucas!

Ya nos dijo en una ocasión que tenía en el magín un proyecto para acabar con el mal demonio que le perseguía. Desde entonces, como también sabemos, su vida fué una incesante agonía: cada noche, los tamborilazos á la puerta; cada luna, el perro en el murio. Á todo esto, solo con su familia y entregado con ella á los horrores de su tribulación; porque pensar que nadie entrara en aquella corralada después de anochecer, era pensar los imposibles. ¿Quién era el guapo que á tanto se atrevía? Alguien, bien acompañado, por supuesto, se aventuró á pasar por la calleja, muy cerca del murio, mientras brillaba la luna á más y mejor; pero nada vió encima del ruinoso paredón, sino los mencionados cantos, que se bamboleaban cuando apretaba el viento, y un ramajo tísico de laurel que asomaba entre ellos, de medio lado. De aquello no resultaba forma de perro ni de cosa que se le pareciera, y esto convenció al valiente explorador y á las gentes que le oyeron después, de que lo que veían Tablucas y su familia lo veían ellos solos, porque para ellos solos se mostraba allí, por arte del demonio.

Lo cierto es que Tablucas no pudo más, y que un día le pidió la escopeta á Resquemín. Díjole, en confianza, para qué la quería; y el tabernero, que era supersticioso, no solamente se la dió, sino que le aplaudió el intento.