Fuera de los de la villa, no había otro abogado que él en toda la comarca; de manera que bien pronto le sobraron los negocios y las desazones. Las desazones, porque cada contrariedad le producía una mayúscula; y las contrariedades, verdaderos gajes de su oficio, menudeaban á maravilla, y su carácter, lejos de mejorar con los años, cada día era más vidrioso y quebradizo.
Por la índole misma de su profesión, se puso en contacto con nuevas gentes y nuevas cosas; y como sus ímpetus geniales le llevaban siempre mucho más allá de sus propósitos, necesitando ancho terreno y fuertes aliados para vencer en los grandes apuros de sus batallas, dejóse arrastrar fácilmente de los que le brindaron con aquellas ventajas, y que, en rigor, iban buscando su legítimo influjo en la comarca, al precio de unas cuantas lisonjas bien aderezadas.
De este modo llegó á ser don Juan de Prezanes un cacique de gran empuje en el distrito, y un enredador de dos mil demonios; pues, conocido el flaco de su carácter, no solamente lograron los seductores interesarle con alma y vida en todo linaje de intrigas, sino hacerle creer que era capitán y bandera á la vez, cuando, en substancia, no pasaba de ser la mano del gato, menos que soldado de filas en aquella tropa de polillas del bien público.
Que estas cosas y otras de parecido jaez sacaban de quicio á su verdadero y único amigo, no hay para qué decirlo; ni son de mencionar tampoco las tempestades que las cuerdas advertencias de don Pedro Mortera producían en el ánimo del impetuoso don Juan de Prezanes. Era éste, como todos los hombres irreflexivos y apasionados, enemigo mortal de la verdad cuando la hallaba enfrente de sus flaquezas; no por ser la verdad, sino por ser obstáculo. Los temperamentos como el del abogado de Cumbrales, desbordados torrentes, embravecidos huracanes, no se detienen con frenos ni con barreras. El halago y las contemplaciones los calman alguna vez; la resistencia los espolea siempre. Son una enfermedad que tiene sus manifestaciones en esa forma necesaria y fatal; y esa enfermedad no ha de curarla el enfermo, sino los que le tratan. En el ordinario comercio de la vida creen poner una pica en Flandes los que hallan una fórmula, á modo de ley social, por la que deben regirse los hombres que quieran tener derecho al pomposo título de gentes de buena educación. ¡Qué sandez tan triste! ¡Como si todos los hombres hubiéramos sido moldeados en una misma turquesa y con el barro en iguales dosis y calidades! ¡Como si el alfilerazo que apenas ensangrienta la epidermis de uno, no fuera en otro puñalada que penetra hasta el corazón!
Métome sin permiso del lector en estas honduras fisiológicas, porque por ellas andaba muy á menudo don Juan de Prezanes buscando la razón y la justicia, ó, cuando menos, la disculpa de sus arrebatos geniales, y al mismo tiempo la sinrazón, y hasta la falta de caridad con que su amigo don Pedro Mortera le contrariaba; en lo cual don Juan de Prezanes se equivocaba en más de la mitad, porque su amigo nunca le contrarió sin grave causa ni por el vano afán de que valiera la suya á todo trance; pero era demasiado crudo en sus verdades, terco en sostenerlas, socarrón aliquando y mordaz en ocasiones; y en esto no eran infundadas las quejas del irascible jurisconsulto.
Con notorios intentos de asegurarle mejor y de chupar sus caudales, lograron sus comilitones de allende hacerle el favor (¡el único que lo fué de veras!) de una señorita pobre, que por casualidad salió buena y honrada y hacendosa, y hasta supo, durante dos años de matrimonio, dulcificar las ingénitas acritudes de su marido, y hacerle placentera la vida del hogar. No duró más su dicha, porque Dios se llevó á mejor destino la causa de ella, dejando en cambio al triste viudo una niña, que recibió el nombre de Ana de su padrino don Pedro Mortera. Dos meses antes se había bautizado un hijo de éste (cuyas bodas anduvieron muy cercanas á las de su amigo) con el nombre de Pablo, siendo padrino don Juan de Prezanes.
Tan diversa como sus genios fué la suerte de ambos amigos en el matrimonio, pues cuando el del abogado se deshacía con la muerte del único sér capaz de regir y dominar aquel carácter desdichado, el de don Pedro Mortera era bendecido con un nuevo fruto. Pero Dios, que da la llaga, da también la medicina; y Ana, la niña huérfana, tuvo una madre cariñosa en la madre de Pablo y de María, y en estos niños dos hermanos con quienes vivía más que con su padre. Cuanto á éste, confundió en un solo amor, pues había para todos en su corazón de fuego, á Ana y á la familia de su amigo. Pero sus tempestades nerviosas menudeaban á medida que se dilataba el radio de sus afectos íntimos; porque, como él decía, «cada punto de contacto me produce una desolladura; y cuanto más cordiales son los unos, más dolorosas son las otras.»
Años andando, fueron Ana y María á un colegio, y Pablo, á quien don Juan amaba como á un hijo, comenzó á estudiar también; con lo cual el nervioso jurisconsulto se vió tan contrariado, solo y aburrido, que cerró el bufete para no abrirle más. ¡Ni el demonio podía aguantarle entonces! pues, para ayuda de males, su alianza con los trapisondistas de marras fué estrecha como nunca, y el campo de sus batallas vasto y revuelto á maravilla, porque los públicos acontecimientos así lo dispusieron.
Pesaba la influencia de don Pedro Mortera, por hacienda y méritos personales de éste, sobre media comarca, es decir, tanto como la de don Juan de Prezanes y sus auxiliares juntos; pero, hombre sesudo y de buen temple, veía con honda pesadumbre el uso que hacía su amigo de las huestes que por necesidad le seguían al combate, y á qué móviles obedecía; y ociosos fueron cuantos esfuerzos se tantearon para obligarle á que tomara parte en las batallas que iban poco á poco desorganizando y corrompiendo la comarca.
—Contigo—decía el testarudo labrador á don Juan de Prezanes,—contigo y para hacer el bien de este pueblo, cuando quieras y á donde quieras. Con esos vividores intrigantes, que te están chupando hasta la honra, jamás.