Entre los llamados «vividores intrigantes» contaba don Pedro Mortera á un señor de la villa, que había sido siempre muy amigo suyo, el cual señor, por hinchazones de vanidad, no tuvo reparo en ser allí delegado perpetuo de todos los poderes para sostener, de cualquier modo, la causa de los que le servían en tres leguas á la redonda, por lo que don Pedro Mortera no quiso más tratos con él, pues creía, y con fundamento, que son peores que los tunos sus cómplices y encubridores.

Pues hasta este señor, don Rodrigo Calderetas (por lo demás, «gran persona y muy caballero»), descendió de su Olimpo en la crítica ocasión atrás citada, y cuando nada habían podido conseguir ruegos ni huracanes del jurisconsulto para tratar de sacar á don Pedro Mortera de su desesperante retraimiento, «del cual podía depender hasta la suerte de la patria.» ¡Á buena parte iba la «gran persona» con sensiblerías cursis! Don Pedro no cambió de actitud. Don Juan de Prezanes tocó el cielo con las manos, y el caballero de la villa le sopló al oído que su amigo y compadre era un desafecto á la situación, retrógrado, obscurantista... y sospechoso. Ya por entonces era moda en España tener por sospechoso á todo hombre formal apegado á la tranquilidad y al sosiego. Apoyó el dictamen de la «gran persona» todo su estado mayor, y don Juan de Prezanes, que en su sano juicio se pagaba muy poco de matices políticos, en la fiebre del despecho tragó la insinuación maliciosa, y no negó la posibilidad del pecado. En honor de la verdad, no por ello dejó de querer entrañablemente á su amigo, ni volvió á hablarle más del asunto de la alianza; pero la actitud impasible de don Pedro y la repulsa consabida, causa fueron, aunque sorda y disimulada, de muchas y muy repetidas desavenencias entre los dos amigos, provocadas por las vidriosidades del jurisconsulto.

Pasó así mucho tiempo, y al cabo de él volvieron á Cumbrales Ana y María hechas dos señoritas primorosas. Desde entonces el genio abierto y animoso de la primera fué el bálsamo que calmó, ya que no llegara á curar, los desabrimientos y esquiveces de su padre, y el mejor lazo de unión entre las dos familias, tan á menudo aflojado por las intemperancias nerviosas de don Juan de Prezanes. Pablo, cuando se hallaba en el pueblo, contribuía en gran parte á aquellas reconciliaciones; pues con su sencilla bondad sabía llegar al alma de su padrino sin lastimarle, en lo cual consiste el secreto resorte con que se rigen y gobiernan esos temperamentos desdichados.

Y ahora tenga el lector la bondad de pasar al capítulo siguiente, en el cual acabará de conocer, tratándolos de cerca, á estos dos personajes, y sabrá lo que ocurrió en la entrevista que, en compendio, refirió en la mesa don Pedro Mortera.


V

ENTRE COMPADRES