Y en esto, don Pedro, con los brazos entreabiertos, cortaba el camino y seguía con la vista á su amigo, que había vuelto á sus agitados paseos.

—Entiendo tu deseo y ardo en el mismo—repuso éste desviándose y esquivando las miradas y los brazos de su compadre;—pero no es tiempo todavía.

—Pues si el corazón lo pide y Dios lo manda, ¿qué te detiene?—respondió don Pedro, dejando caer los brazos, desalentado y triste. Luégo añadió con honda amargura:—¡Parece mentira, Juan, que cosas tan leves nos conduzcan á situaciones tan graves!

—Nada es leve para el amor propio ofendido... Somos de esa hechura, y no por culpa nuestra.

—Pero tenemos una razón para domar las demasías del carácter.

—Prueba es de ello que te he propuesto una reconciliación... y por cierto que no se te ha ocurrido á tí otro tanto.

—De mi casa huíste sin haberte ofendido nadie en ella; te encerraste en la tuya y te negaste á toda comunicación con nosotros, que te queremos... que os queremos más que á la propia sangre.

—Toda la vida hemos andado así, Pedro.

—Pues esa triste experiencia me ha enseñado que el mejor remedio contra tus arrechuchos es dejar que se te pasen. Por pasado dí el último cuando me llamaste, y á tu lado vine con los brazos abiertos. ¿Por qué me niegas los tuyos?

—Porque los reservo para después que hablemos y nos entendamos.