—¿Dudas de la lealtad de mi corazón?

—Dudara antes de la del mío, Pedro; mas entra en mis intentos que esta avenencia que hoy deseo y te propongo, se afirme en algo más que en el olvido de las pequeñeces pasadas... Ven, y sentémonos.

Entraron los dos compadres en el gabinete; sentáronse frente á frente con la mesa entre ambos, y dijo así don Juan, manoseando al mismo tiempo una plegadera de boj que halló á sus alcances:

—Sin ciertas diferencias que nos dividen y nos separan á cada momento, tú y yo, en perfecta y cabal armonía, pudiéramos hacer grandes beneficios á Cumbrales.

—Ese es el tema de mi eterno pleito contigo, Juan.

—Sí; pero no se trata ahora de puntillos del carácter, de la cual dolencia todos padecemos algo, Pedro amigo, aunque no lo creamos así, sino de puntos de mayor alcance y entidad; puntos en los que pudiéramos ir tú y yo muy acordes aun dentro de nuestras continuas desavenencias, verdaderas nubes de verano.

—Sospecho á dónde vas á parar con ese preámbulo; y si las sospechas no mienten, el asunto es ya viejo entre los dos. De todas maneras, déjate de rodeos y dime en crudo qué es lo que pretendes de mí.

—Viejo es, en efecto, entre nosotros dos el asunto de que voy á hablarte, y del cual no te he hablado años hace por respetos que te son notorios; pero de poco tiempo acá, ofrece el caso aspectos de gravedad que antes no ofrecía, y esto me obliga á quebrantar mis propósitos. Á la vista está que de día en día crece el encono entre los bandos en que están divididos este pueblo y los limítrofes.

—Lo que á la vista salta, Juan, es que se detestan y se persiguen á muerte los capitanes de esos bandos. Los pobres soldados no hacen otra cosa que lo que se les manda ó les exige el deber... ó la triste necesidad.

—Lo mismo da lo uno que lo otro.