—Precisamente es todo lo contrario, puesto que el día en que los jefes dejen de ser enemigos, volverán los subalternos á ser hermanos.
—Á ese fin quiero yo ir á parar, Pedro.
—¿Por qué camino, Juan?
—Por el más breve y llano. Ayúdame con todas tus fuerzas en la batalla electoral que se prepara, y el triunfo es nuestro en todo el distrito.
—¿Y después?
—¡Después!... ¿Quién ignora lo que sucede después de un triunfo en tales condiciones?
—Tú lo ignoras, Juan, pese á tu larga experiencia.
—Gracias por la lisonja.
—Pues es el mejor piropo que puedo echarte en este momento. Si te dijera yo que el verdadero botín de esas batallas era el cebo que te llevaba á ellas, no creyera, como creo, que en esto, cual en otras muchas cosas, la pasión te ciega y el corazón te engaña.
—¡Á mí?