No se cruzó un triste saludo, y estoy por asegurar que ni una mirada, entre uno y otro personaje; pero movidos ambos de un mismo pensamiento, acercáronse á una mesa que estaba arrimada á la pared y con una de sus alas levantada. Sobre el menguado y no limpio mantel, tendido encima, había una botella, dos vasos, otros tantos platos con los correspondientes cubiertos (de peltre, si no mentían las apariencias), una escudilla sobre cada plato, un cuchillo de mango negro, y como dos libras de pan en media hogaza, no de flor ni del día. Ni don Valentín se quitó el sombrero forrado de hule, ni su hijo el hongo roñoso; y no había cesado aún el clamoroso crujir de las sillas arrastradas sobre el áspero suelo, cuando se llegó á la mesa, á mucho andar, una mocetona desgreñada y en soletos, con una tartera de barro entre las manos, y en la tartera la olla humeante y lacrimosa.

Arrimándose la moza á don Valentín, acomodó la cobertera de modo que no quedara más que un resquicio en la boca del ollón; entornóle sobre la escudilla, y la llenó de caldo, soplando al mismo tiempo y sin cesar la escanciadora, para que torcieran su rumbo los cálidos vapores que subían en espesa columna vertical. Cuando hubo hecho lo mismo al lado de don Baldomero, puso la olla sobre la tartera en el centro de la mesa, y se largó á buen paso hacia la cocina, como diciendo:—Ahí queda eso, y allá os las compongáis.

Y no se las compusieron del todo mal los dos comensales. Por de pronto, partieron sendas rebanadas de pan; luégo las subdividieron en transparentes lonjas que remojaron en el caldo de las escudillas, y, por último, se tomaron la sopa resultante, que á néctar debió saberles, por lo que la pulsearon antes de paladearla. Tras este refuerzo al desmayado estómago, un trago de vino y dos castañeteos de lengua, don Valentín volcó la olla en la tartera, que encogollada quedó de potaje, sobre el cual cayeron, en las tres últimas y acompasadas sacudidas que al cacharro dió el héroe, sabedor de lo que dentro había y no acababa de salir, dos piltrafas de carne y una buena ración de tocino. Sirviéronse y engulleron copiosa cantidad de bazofia, y, tras ella, casi todo el tocino. De carne, no quedó hebra.

Ni una palabra se había cruzado todavía entre el padre y el hijo, hasta que, limpios los respectivos platos y apurados por tercera vez los vasos, dijo don Valentín, tras un par de chupetones á los pábilos del bigote, y arrojando sobre la mesa una llave que guardaba en el bolsillo de su chaleco:

—Sácalo tú.

Y con ella en la mano, fuése don Baldomero á una alacena que en el mismo salón había, embutida en la pared, y tomó de sus negras entrañas un plato desportillado que contenía como hasta tres cuarterones de queso pasiego, duro y con ojos, señal de que ni era fresco ni era bueno.

Antes de hincar en él las mandíbulas (pues es averiguado que, desde mucho atrás, no quedaban en ella ni raigones), exclamó el veterano, entre iracundo y plañidero, y como si continuara una serie no interrumpida de graves meditaciones:

—En verdad te digo que el hombre degenera de día en día, y que se acaban por instantes aquellas virtudes que hicieron del español, en otros tiempos, el modelo de los caballeros sin tacha. Ya no hay fe en los principios, ni verdadero amor á la patria, ni entusiasmo por la libertad.

Don Baldomero tragaba y sorbía, y nada respondió á su padre. ¡Estaba tan hecho á oirle cantar aquella sonata!

Don Valentín, mientras paladeaba el primer trozo de queso que se había llevado á la boca en la punta del cuchillo, continuó así: