—Digo y sostengo que no es de liberales de buena casta regalarse el cuerpo como nosotros, ni comer pan á manteles, mientras el faccioso tremola en el campo el negro pendón de la tiranía. ¿No es esto el evangelio?
—Bien podrá ser—respondió el otro, mascando á dos carrillos;—pero paréceme á mí que tendría más fuerza de verdad predicado antes de comer.
—¿Quieres decirme—saltó don Valentín,—que también yo me duermo en las delicias de Capua? ¿Quieres darme á entender, hombre sin vigor ni patriotismo, que no sé predicar con el ejemplo? Pues chasco te llevas, que, aunque viejo, todavía arde en mis venas la sangre que triunfó en Luchana; y bien sabes tú que si esta mano rugosa no esgrime el hierro centelleante en el campo del honor, no es culpa mía, sino de la raza afeminada y cobarde que me rodea y me oye, y se encoge de hombros, y se ríe de mi ardimiento, y se burla de los ayes de la patria roída por el cáncer del absolutismo.
Aquí don Valentín, devorando el último de los pedazos en que había dividido su ración de queso, arrastró hacia el centro de la mesa el plato que tenía delante; y después de beber de un sorbo, temblándole la mano y la barbilla, el tinto que en su vaso quedaba, y de plantarle vacío y con estruendo sobre el mantel, continuó de este modo, llevando la diestra al bolsillo interior del casaquín:
—Pero yo no he de faltar á mi deber, aunque el mundo entero prevarique y toda carne corrompa su camino; yo he de insistir, mientras aliento tenga, en que cada cual ocupe su puesto y lleve su ofrenda al templo de la libertad. Soy hijo del siglo; he bebido su esencia; me he amamantado en sus progresos (al hablar así reapareció su diestra empuñando una petaca de suela y un rollo de hojas de maíz); y si hay hombres á quienes ofende la luz de nuestras conquistas y seduce la parsimonia estúpida de los viejos procedimientos, yo no soy de esos hombres.
No afirmaré que lo hiciera en demostración de su aserto; pero es la verdad que, mientras tales cosas decía, raspaba con su cortaplumas una de las hojas de maíz por ambas caras, y la recortaba cuidadosamente hasta dejarla reducida al tamaño de un papel de cigarro. Púsose á liar uno, y en tanto, seguía declamando de esta suerte:
—No hay modo de convencer á estos zafios destripaterrones, de que la ley del progreso impone deberes, lo mismo que la ley de Dios... Y el progreso es fruto natural de la libertad, y la libertad padece persecuciones en el presente momento histórico... y el honor de los padres es el honor de los hijos; y donde padece la libertad, sufre el progreso; y si muere la una, acábase el otro... Pero la libertad es inmortal, porque Dios puso el sentimiento de ella en el corazón de los hombres; y siendo la libertad inmortal, el progreso no puede morir; pero pueden padecer... padecen ¡vive Dios! padecen; y padecen desdoro, porque el perjuro, el vencido en Luchana, los combate otra vez; y por el solo hecho de combatirlos, los afrenta... y el campo de batalla está á las puertas de nuestros hogares indefensos; indefensos, porque no hay patriotismo en ellos; y porque no le hay, se desoye mi voz que le invoca á cada instante, y sin cesar llama á la lid contra el pérfido... Pero yo no cejaré en mi empresa; yo levantaré el honor de Cumbrales peleando solo contra el tirano, si solo me dejan al frente de él, cuando profane este suelo con su planta inmunda. La muerte de un hombre libre lava la ignominia de un pueblo de esclavos. ¡Infelices! Ignoran que, en las corrientes del progreso, quien no va con ellas es arrollado y deshecho. Por eso mi voz es desoída aquí... por eso, en cuanto á los más, costra grosera del pobre terruño; y en cuanto á los menos, ¿qué excusa podrá salvarlos cuando la patria les pida cuenta de su conducta sospechosa? Sospechosa, sí, porque no todo es trigo limpio en Cumbrales, ¡vive el invicto Duque! Aquí también hay fósiles de los tiempos bárbaros; seres incomprensibles para quienes el tiempo no pasa, ni instruye, ni reforma, ni inventa, ni demuele. ¿En qué se conocería que vivimos en el siglo de la luz y del progreso, si ellos fueran los llamados á dirigir las corrientes de las ideas; si junto á esa raza obscurantista y retrógrada, no se alzara la de los hombres como yo?
Cuando hubo dicho esto y liado el cigarro, púsole en la boca, restregóse las palmas de las manos para sacudir el polvillo del tabaco adherido á ellas, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Sidora!... ¡la chofeta!
Y Sidora acudió con la única que debía quedar en el siglo; venerable joya de metal de velones, con sus dos mangos torneados, tintos en almazarrón.