Dejó la moza el braserillo clásico sobre la mesa, y marchóse, llevándose la olla vacía y la tartera con las sobras del potaje; y como ya no había qué comer ni qué beber á sus alcances, don Baldomero cogió la petaca de su padre, tomó de ella el tabaco necesario, y sin replicar ni siquiera prestar atención á lo que el veterano iba diciendo, hizo un cigarro con papel de su propio librillo, encendióle en las ascuas mortecinas de la chofeta, y comenzó á fumarle muy sosegadamente, entre eructos y carraspeos.

Don Valentín continuó un buen rato todavía declamando contra la poca fe liberal de los tiempos, hasta que reparó en su hijo, de quien se había olvidado en el calor de su fiebre patriótica; y al verle dormilento y distraído, alzóse de la silla, y díjole en tono admirativo y corajudo:

—¡Hombre, parece mentira que seas sangre de mi sangre, y que no se te despierte ese espíritu holgazán... por respeto siquiera al nombre que llevas y que, en mal hora, te pusieron en la pila, en memoria del héroe ilustre con quien vencí en Luchana! ¡Sorda y ciega sea esta imagen de él que nos preside; que á trueque de que no vea lo que eres ni oiga lo que te digo, consiento en que ignore la fe que le guardo y el altar que tiene en mi corazón!

Por toda réplica, y mientras don Valentín miraba el retrato, descubriéndose la cabeza calva, su hijo hundió los brazos en los bolsillos del pantalón, estiró las piernas debajo de la mesa, cargó el tronco sobre el respaldo hasta dar con éste y con la nuca en la pared, y así se quedó, arrojando por las narices el humo de la colilla que tenía entre los labios.

El veterano le miró con ira despreciativa; volvió á cubrirse la cabeza, y salió á cumplir con lo que él llamaba su deber, después de empuñar un grueso roten, que estaba arrimado á la pared en un rincón de la sala.

Momentos después roncaba don Baldomero con la apagada punta del cigarro pegada al labio inferior.


VII