MÁS ACTORES

De una persona que tiene estrabismo, dicen las gentes aldeanas de por acá que enguirla los ojos, ó simplemente que enguirla; y se llama la acción y efecto de enguirlar, enguirle. Ahora bien: Juan Garojos, hombre bien acomodado, trabajador, de sanas y honradas costumbres, alegre de genio y con sus puntas de socarrón, era un poco bizco; y como en esta tierra, lo mismo que en otras muchas, no bien se columbra el defecto en una persona, ya tiene ésta el mote encima, á Juan, desde que andaba á la escuela, dieron en llamarle Juan Enguirla; algunos, Juan Enguirle, y todos, al cabo de los años, Juanguirle, con el cual nombre se quedó por todos los días de su vida.

Pues este Juanguirle, un poco bizco, bien acomodado, honradote, chancero y socarrón, más cercano á los sesenta que al medio siglo, y alcalde de Cumbrales al ocurrir los sucesos que vamos relatando, hallábase en el portal de su casa, de las mejores del lugar entre las de labranza, con cercado solar enfrente, para lo tocante á forrajes y legumbres en las correspondientes estaciones, sin perjuicio de la cosecha del maíz á su tiempo (pues á todo se presta la tierra bien administrada, máxime si amparan sus frutos contra las injurias y demasías del procomún, cercados firmes y el ojo del amo, alerta y vigilante), y el corral bien provisto de rozo y junco para las camas, y de matas y tueros para el hogar la socarreña accesoria, capaz también del carro y su armadura de quita y pon, la sarzuela y los adrales, un tosco banco de carpintería, el rastro y el ariego y muchos trastos más del oficio, que no quiero apuntar porque no digan que peco de minucioso, aunque tengo para mí que, en esto de pintar con verdad, y, por ende, con arte, no debe omitirse detalle que no huelgue, por lo cual he de añadir, aunque añadiéndolo quebrante aquel propósito, que debajo de la pértiga dormitaba un perrazo de los llamados de pastor, blanco con grandes manchas negras, y que en el corral andaba desparramado un copioso averío, buscándose la vida á picotazos sobre el terreno que escarbaba.

Volviendo á Juanguirle, añado que estaba en mangas de camisa, canturriando unas seguidillas á media voz, pero desentonada, mientras pulía el asta que acababa de echar á un dalle; obra de prueba que pocos labradores son capaces de ejecutar debidamente. Raspaba el hombre con su navaja donde quiera que sus ojos veían una veta sobresaliendo, y luégo aproximaba á sus ojos la más cercana extremidad del asta; y tocando el pie del dalle en el suelo, enfilaba una visual por los dos puntos extremos; y vuelta después á raspar, y vuelta á las visuales, y vuelta también á probar su obra, empuñando las manillas y haciendo que segaba.

Cuando se convenció de que el asta no tenía pero, echó una seguidilla casi por todo lo alto; y acabándola estaba en un calderón mal sostenido, cuando el perro comenzó á gruñir sin levantarse, y se le presentó delante don Valentín Gutiérrez de la Pernía. Saludó al alcalde en pocas palabras, y en otras tantas, pero regocijadas y en solfa, fué respondido.

—Le esperaba á usté hoy, señor don Valentín,—díjole en seguida Juanguirle, volviendo á retocar el asta aquí y allá con la navaja.

—Eso quiere decir que llego á tiempo—contestó el otro.—Y ¿por qué me esperabas hoy?

—Porque, salva la comparanza, es usté como el rayo: tan aína truena, ya está él encima.

—Luego ¿ha tronado hoy, á tu entender?