—Y recio, ¡voto al chápiro verde! Y muy recio, señor don Valentín; ¡tan recio como no ha tronado en todo el año! Desde que me levanté y fué antes que el sol, no he oído otra cosa en todo el santo día... Como que si uno fuera á creerlo según suena, cosa era de encomendarse á Dios. El menistro (con perdón de usté) que fué con un oficio mío á Praducos, por lo resultante de los ultrajes de ellos en el monte de acá, entendió que le cortaban el andar; y, por venirse por atajos y despeñaderos, llegó sin resuello y aticuenta que pidiendo la unción. De la pasiega no se diga, que hasta el cuévano trajo esta mañana encogollado de supuestos al respetive, y entre ésta y el otro, y el de aquí y el de allá, que lo corren y avientan, y que dale y que tumba y que así ha de ser, hasta los pájaros del aire cantan hoy la mesma solfa. De modo y manera que yo me dije: ó don Valentín es sordo, ó no tarda en darse una vuelta por acá, al auto de lo de costumbre.

—En efecto—respondió don Valentín:—en día estamos de grandes noticias; y esto me hace creer que no te hallaré, como otras veces, mano sobre mano.

—¡Mano sobre mano, voto á briosbaco y balillo!... ¿Y esto que tengo entre ellas? ¿Parécele á usté muestra de gandulería? Antayer era castaño de pie, que se curaba en el sarzo del desván; hoy está donde usté le ve, con el pulimento del caso. ¡Y que vengan los más amañantes del lugar y le pongan peros! Esto no es echar cambas, señor don Valentín, á golpe de mazo y corte usté por donde quiera: esto es obra fina, de espiga y mortaja... y punto menos que sin herramienta, porque de un clavijón hice un vedano á fuerza de puño.

—Ya sé que te pintas solo para lo tocante al oficio; pero yo no vengo hoy á visitar á Juan Garojos, sino al señor alcalde de Cumbrales, para preguntarle qué medidas ha tomado en vista de las noticias que corren.

—Pues el alcalde de Cumbrales, señor don Valentín, cumple con su deber.

—¿De qué modo?

—Dejando esas cosas como Dios las dispone, y no metiéndose en andaduras que pueden costarle al pueblo muchos coscorrones. Ya sabe usté que es viejo mi pensar al respetive.

—Pues para ese viaje no necesitábamos alforjas, mira.

—En las que yo le he pedido á usté me ajoguen, señor don Valentín. Y, por último, usté, que no piensa en otra cosa, debe de saber lo que hay que hacer, lo que puede hacerse, y hasta cómo se hace.

—¡Eso pido, Juan, eso pido! Pero ¿quién me oye? ¿quién me ayuda? ¿quién me sigue?