—¿Lo dice usté por el caso de la derrota?

—Por eso mismo.

—¡Bah! señor don Valentín, usté no tiene punto de comparanza con Asaduras, y no se meterá usté donde él se metió sin qué ni para qué. Además, usté no es labrador ni ganadero.

—Pero lo son mis aparceros y colonos.

—No es igual; pero aunque lo fuera, ya nos entenderíamos, que usté no es hombre que intente el daño del vecino sólo por el aquél de hacerle.

—¡Verás qué chasco te llevas, Juan!

—Que no me le llevo, señor don Valentín. ¡Si le conoceré yo á usté! Además, en lo tocante á lo solicitado por usté, todo lo respondido por mí es pura chanza y fantesía de palabra... Si esa libertad llega á verse aquí en trance de muerte, ya sabremos sacarla avante. Para eso nos bastamos usté y yo, y á todo tirar, Asaduras y Resquemín. Uno en este portillo, dos en el de más allá y el otro en el campanario... ¡pin! ¡pan! ¡pun! cuatro tiros hacia aquí, cuatro hacia allí, boca abajo el faicioso... y se acabó la guerra.

Como si le hubiera picado un tábano, salió corralada afuera don Valentín al oir estas palabras de Juanguirle. Celebró éste con fuertes risotadas el efecto de su chanza, y continuó raspando el asta del dalle.

En esto salió del cuarto del portal, pieza de carácter en las casas montañesas, un mozo como un trinquete: recién peinado, bien vestido, aunque no de gala, y con los zapatos, sobre medias de color, ajustados al empeine con cordones verdes. No tenía tacha el mancebo, en lo tocante á lo físico: buena estatura, hermosa cabeza y artística corrección en las demás partes de su cuerpo; pero en el modo de llevar el sombrero, en lo artificioso del peinado y en la forzada rigidez de sus miembros al moverse dentro del vestido del cual parecía esclavo más que dueño, muestras daba de ser, con exceso, presumido y fachendoso.

—No hay como tú, Nisco—díjole Juanguirle.—Hoy domingo, mañana fiesta: ¡buena vida es ésta!